Elara descendió por el conducto de transporte de los Sub-Niveles mientras la cápsula presurizada vibraba suavemente. La transición fue abrupta. El blanco inmaculado del Sector Gamma se desvaneció, reemplazado por tonos de acero oxidado, hormigón agrietado y una pátina de mugre que El Sistema no consideraba eficiente erradicar en estas profundidades. El aire, aunque aún filtrado, transportaba un leve matiz de humedad y metal, un olor a lo viejo, a lo olvidado.
Las luces aquí eran más tenues, una red de filamentos parpadeantes que proyectaban sombras largas y danzantes. Los corredores no eran curvos y perfectos, sino angostos y rectos, repletos de tuberías expuestas y conductos que zumbaban con una energía cruda y sin refinar. Era un mundo subterráneo, una cicatriz en la piel de la perfección de la superficie. Un recordatorio tangible de la era anterior a la Armonía.
Elara había estudiado los informes sobre los Sub-Niveles. Eran zonas de contención, espacios residuales donde se permitía la existencia de aquellos elementos que no podían ser completamente re-armonizados o reintegrados, pero que tampoco representaban una amenaza directa a la estabilidad del Sistema. Eran los «descartes», los que vivían al margen de la perfección. Y, a menudo, los que albergaban las disonancias más profundas.
Mientras avanzaba por un pasillo que olía a ozono y polvo, un rumor, una historia que había escuchado en los módulos de re-educación, flotó en su mente. Antes de la Armonía, la humanidad había vivido en un estado de caos constante. Las «emociones», se decía, eran la causa. La ira llevaba a la violencia, la tristeza a la inacción, el amor a la posesión y la política a la guerra. Las sociedades se desgarraban por pasiones incontrolables. El planeta mismo había estado al borde del colapso, no por falta de recursos, sino por el desorden emocional.
Entonces, una gran mente, o quizás un colectivo de mentes, había propuesto la solución: erradicar la fuente del problema. No a la humanidad, sino su capacidad de sentir. Los primeros intentos fueron rudimentarios, dolorosos. Pero con el tiempo, la ciencia había avanzado, y la supresión emocional se había perfeccionado, convirtiéndose en el pilar de la nueva era: La era de la Armonía.
Elara nunca había cuestionado esa narrativa. Era la verdad irrefutable del Sistema. La lógica era impecable: sin emoción, no hay conflicto. Sin conflicto, hay paz. Y la paz era la Armonía.
Sin embargo, en los Sub-Niveles, la lógica se sentía… más tenue. Las paredes no eran lisas, sino ásperas al tacto. El aire no era inodoro, sino que cargaba con el peso de innumerables vidas no reguladas. Pequeños grafitis, figuras abstractas y símbolos extraños, cubrían algunas superficies, actos de expresión que en la superficie serían impensables. No eran disonancias activas, pero eran ecos. Ecos de una humanidad que se negaba a ser completamente esmerilada. Ecos de un pasado prohibido que, por primera vez, Elara no solo leía en un informe, sino que sentía a su alrededor. Y en algún lugar, en este laberinto de sombras, estaba Kael, el artista que creaba «imágenes que evocaban».

