Elara siguió el rastro digital que El Sistema había marcado, una señal tenue que la llevó a un sector aún más profundo de los Sub-Niveles, donde el aire se volvía denso y el zumbido de los conductos era un murmullo constante. El informe indicaba una «concentración inusual de energía estética» en esta zona, una frase que para Elara era un mero dato, pero que ahora, en la penumbra, empezaba a adquirir una extraña resonancia.

El pasillo se abrió a un espacio cavernoso, un antiguo almacén o hangar olvidado. La luz era escasa, filtrándose por rendijas en el techo lejano, pero lo que vio a continuación hizo que el escáner de su muñeca registrara una micro-fluctuación, la misma disonancia minúscula que había detectado en sí misma.

Las paredes no eran grises. Estaban cubiertas de color. No el blanco aséptico de la superficie, ni los tonos apagados de los Sub-Niveles. Eran explosiones de pigmento: rojos profundos que parecían sangrar, azules eléctricos que vibraban, amarillos que quemaban la retina. Las formas eran abstractas, pero sugerían movimiento, emoción. Líneas que se retorcían como gritos, manchas que se extendían como lágrimas, remolinos que invitaban a la risa. Era un caos vibrante, una cacofonía visual que Elara no había visto nunca.

Y en el centro de ese refugio de color, de espaldas a ella, estaba Kael.

No se movía con la eficiencia regulada de los ciudadanos de la superficie. Su cuerpo era una línea fluida, inclinada sobre un lienzo improvisado, su mano trazando una nueva mancha de azul con una intensidad que casi podía sentirse en el aire. Vestía ropas oscuras y holgadas, manchadas con los mismos colores que cubrían las paredes. Su cabello, de un castaño oscuro, caía sobre su frente, y sus hombros se movían rítmicamente.

Elara activó su visor para un análisis más profundo. Los datos fluían: ritmo cardíaco elevado, patrones cerebrales complejos, fluctuaciones hormonales consistentes con un estado de «concentración intensa con liberación de dopamina». Pero había algo más. Algo que el escáner luchaba por categorizar.

Cuando Kael se giró lentamente, como si sintiera la presencia de Elara, sus ojos la encontraron. No eran los ojos vacíos y serenos que veía a diario en el Sector Gamma. Eran de un verde profundo, casi esmeralda, y estaban cargados de una intensidad que Elara no pudo procesar. Había una chispa en ellos, una luz que no era reflejo, sino algo que venía de dentro. Una mezcla de desafío, curiosidad y algo más, algo que Elara no tenía nombre para ello, pero que sentía como un eco en su propia disonancia.

Su rostro no era perfecto, tenía líneas de expresión alrededor de los ojos, una leve cicatriz en la ceja. Pero cada una de esas imperfecciones contaba una historia, una historia de vida. Y en ese instante, Elara supo que Kael era la anomalía más grande que había cazado. No solo creaba color; él era color. Y su sola presencia, en ese refugio vibrante, era una afrenta directa a la Armonía esmerilada de El Sistema.