Elara no actuó. El protocolo dictaba una intervención inmediata ante una disonancia de la magnitud de Kael. Pero sus dedos, entrenados para la eficiencia, permanecieron inmóviles sobre el panel de su muñeca. La chispa en los ojos de Kael, la vibración del color en las paredes, había sembrado algo más que una simple anomalía en sus datos. Había sembrado una pregunta.

Decidió observarlo. Una desviación menor del protocolo, justificable para una «evaluación más profunda del patrón de disonancia». Su lógica lo aceptó, aunque en un rincón de su conciencia, esa pequeña disonancia interna vibraba con una intensidad que no era puramente racional.

Durante los siguientes ciclos de rotación, Elara se convirtió en una sombra en los Sub-Niveles. Su uniforme gris se mezclaba con la penumbra, sus movimientos eran tan silenciosos como el polvo que se acumulaba en los rincones. Observó a Kael desde la distancia, su escáner registrando cada micro-expresión, cada fluctuación de su pulso, cada patrón cerebral.

Kael no vivía en la Armonía. Su rutina era un caos hermoso. Se levantaba cuando la inspiración lo llamaba, no cuando el reloj del Sistema lo dictaba. Comía cuando tenía hambre, no en los horarios preestablecidos. Pasaba horas absorto en su arte, mezclando pigmentos rudimentarios, trazando líneas con una pasión que Elara no podía categorizar.

Un día, Kael estaba trabajando en un mural inmenso, una explosión de amarillos y naranjas que parecía quemar la pared. Un grupo de habitantes de los Sub-Niveles, figuras encorvadas y silenciosas, se detuvo a observar. Elara activó su escáner sobre ellos. Sus patrones cerebrales mostraban una leve alteración, una diminuta onda de curiosidad, de asombro. Una mujer mayor extendió una mano temblorosa, casi tocando el mural, y un suspiro escapó de sus labios. Para Elara, era una disonancia insignificante, fácilmente re-armonizable. Pero la visión de esa mano, ese suspiro, le provocó una extraña punzada. ¿Qué era lo que Kael les estaba «evocando»?

En otra ocasión, Kael compartió una ración de alimento sintético con un niño que se había perdido en los pasillos. No hubo palabras, solo un gesto simple, una inclinación de cabeza. Elara detectó una ráfaga de actividad dopamínica en el niño, una sensación de «gratitud» que el Sistema consideraba ineficiente. Pero lo que más la perturbó fue la leve contracción en la comisura de los labios de Kael, una micro-expresión que su escáner identificó como «satisfacción». No una satisfacción lógica por una tarea cumplida, sino algo más profundo, algo que ella no había experimentado nunca. Su propia disonancia interna vibró con más fuerza.

Una tarde, mientras Kael trabajaba, dejó caer un pincel. Elara, oculta en las sombras, se tensó. Kael se agachó para recogerlo y, por un instante, sus ojos verdes se posaron exactamente en el lugar donde ella se escondía. Elara contuvo la respiración, su corazón, por primera vez se aceleró de forma no regulada. Kael no la vio, o no la reconoció como una amenaza, y volvió a su trabajo. Pero el incidente dejó a Elara con una sensación extraña, una mezcla de sobresalto y una punzada de algo parecido a la… ¿adrenalina?

Al final de cada ciclo de observación, el índice de eficiencia de Elara bajaba un poco más. Su propio escáner registraba fluctuaciones crecientes. Su lógica luchaba por racionalizarlo: «fatiga por exposición prolongada», «interferencia ambiental». Pero en la quietud de su unidad habitacional, mientras el zumbido de la Armonía la envolvía, Elara sabía que no era solo eso. La intriga se había transformado en una corriente subterránea, arrastrándola lentamente lejos de la orilla de la razón fría.