Elara había seguido a Kael hasta el Sector Delta-9, una zona de los Sub-Niveles conocida por sus mercados clandestinos de componentes reciclados. El aire aquí era más denso, cargado con el olor a metal caliente y el murmullo de voces bajas. La «Armonía» de la superficie era un eco distante en este laberinto de puestos improvisados y figuras sombrías. Kael se movía con una libertad que contrastaba con la rigidez de los demás, sus ojos verdes escaneando objetos con una curiosidad que Elara no entendía.

Estaba absorta en su observación con su escáner registrando la actividad inusual en el área, cuando un repentino empujón la sacó de su concentración. Un habitante de los Sub-Niveles, cargado con una pila de chatarra, tropezó, y Elara, en su intento de esquivarlo con la eficiencia programada, giró bruscamente.

Fue entonces cuando sucedió.

Kael, que acababa de girar en el pasillo adyacente, chocó con ella. No fue un impacto violento, sino un roce. Su brazo rozó el de Elara, su hombro se encontró con el suyo. Por un instante, sus cuerpos estuvieron peligrosamente cerca, una proximidad que los protocolos de Elara nunca habrían permitido fuera de un contexto de intervención.

Elara sintió una descarga. No era dolor. Era una chispa, una energía cálida y vibrante que se extendió desde el punto de contacto por todo su brazo, ascendiendo por su espina dorsal. Su escáner interno se volvió loco, registrando una ráfaga de actividad neuronal que no tenía categoría. Su corazón, entrenado para latir con una regularidad monótona, dio un salto. Un latido errático. Luego otro.

Kael se apartó con la misma fluidez con la que se movía. Sus ojos verdes, tan intensos, se clavaron en los de Elara. No había reconocimiento de ella como Cazatalentos, solo una sorpresa momentánea, seguida de una expresión que Elara no pudo descifrar. ¿Curiosidad? ¿Una leve diversión?

«Disculpa», dijo Kael, su voz era un murmullo grave, inesperadamente cálido en el frío ambiente de los Sub-Niveles. No era la voz modulada y plana de los ciudadanos de la superficie. Tenía matices, una resonancia que Elara no había escuchado nunca.

Elara no respondió. Su lógica luchaba por formular una respuesta adecuada, por procesar la avalancha de datos sensoriales. El olor a pintura y algo más, algo terroso y humano, que emanaba de Kael. La textura áspera de su ropa donde se habían rozado. El calor persistente en su brazo.

Kael le dedicó una última mirada, esa chispa en sus ojos esmeralda, y luego se perdió entre la multitud, tan repentinamente como había aparecido.

Elara se quedó inmóvil en el pasillo, el zumbido de los Sub-Niveles ahora un ruido de fondo distante. Su escáner seguía parpadeando con lecturas anómalas. El 0.001% de disonancia en su propio sistema se había disparado a un alarmante 0.05%. Su respiración era irregular.

La razón fría le gritaba que regresara a su unidad, que se sometiera a una re-armonización de emergencia. Pero la chispa, esa sensación extraña que aún vibraba en su piel, le decía otra cosa. Era un destello. Un destello de algo que no tenía nombre, pero que prometía una intensidad que la Armonía esmerilada jamás podría ofrecer. Y por primera vez, Elara no quiso que esa sensación desapareciera.