La chispa del encuentro con Kael se había convertido en un fuego latente bajo la piel de Elara. Ignorar la disonancia era imposible. Su lógica, habitualmente inquebrantable, se veía asaltada por la persistencia de esa extraña energía. Necesitaba más datos. Necesitaba comprender. Y la única fuente de comprensión era Kael.
Lo encontró de nuevo en el mismo almacén cavernoso, su refugio de color. Esta vez, Kael no estaba pintando un mural abstracto. Estaba trabajando en un lienzo más pequeño, en el centro de la sala, bajo un haz de luz tenue que caía de una abertura en el techo. La imagen que emergía era diferente a todo lo que Elara había visto en las paredes.
Era un rostro. Una mujer. Pero no era una representación fría y perfecta como las que adornaban los módulos de El Sistema. Sus ojos, aunque solo esbozados, parecían contener una tristeza insondable. Una lágrima solitaria, apenas un trazo de pigmento, se deslizaba por su mejilla. Elara sintió un nudo en el estómago, una contracción que no entendía. Su escáner registró una actividad inusual en su córtex prefrontal, una zona asociada con el procesamiento de emociones complejas.
Kael, absorto, murmuraba para sí mismo. No eran palabras coherentes, sino sonidos guturales, como gemidos suaves o suspiros. Su cuerpo se movía con una fluidez casi dolorosa, cada músculo tenso con la emoción que intentaba plasmar. De repente, su mano se detuvo. Levantó la vista, y sus ojos verdes, cargados de esa intensidad que Elara ya conocía, la encontraron directamente.
No hubo sorpresa esta vez. Solo una quietud. Kael no dijo nada. Simplemente, levantó el pincel que sostenía y, con un gesto lento y deliberado, lo extendió hacia el lienzo, invitándola a acercarse.
Elara dudó. Sus protocolos gritaban «¡Peligro! ¡Interacción no autorizada!». Su entrenamiento de Cazatalentos se rebelaba contra la idea de acercarse a una disonancia tan severa sin un plan de contención. Pero la chispa en su interior, la que Kael había encendido, era más fuerte. Dio un paso. Luego otro.
Se detuvo a pocos metros del lienzo. Kael no la miró, su atención se centraba en el rostro de la mujer. Con una delicadeza asombrosa, tomó un pincel fino y añadió un último toque a la lágrima. Y en ese instante, Elara sintió como si la tristeza del lienzo la atravesara. No era una imagen. Era un eco. Un eco de un dolor que no era suyo, pero que resonaba en lo más profundo de su ser.
Elara se llevó una mano al pecho. Su corazón latía de forma errática, descontrolada. Su respiración era superficial. Las lecturas de su escáner se volvieron caóticas, una sinfonía disonante de actividad neuronal. Su lógica intentó imponerse, clasificar la sensación: «sobrecarga sensorial», «respuesta anómala a estímulos visuales complejos». Pero la verdad era más simple, y mucho más aterradora.
Era empatía.
Kael, sin apartar la vista del lienzo, habló. Su voz era suave, casi un susurro. «Ella está en paz ahora. Pero el recuerdo de su dolor… eso se queda».
Elara no supo a quién se refería. ¿A la mujer del cuadro? ¿A alguien real? No importaba. Las palabras de Kael, cargadas de una resonancia que El Sistema había erradicado, se clavaron en ella. Sus protocolos se tambalearon, la fría lógica que la había guiado toda su vida se agrietaba bajo el peso de una emoción ajena.
Kael finalmente levantó la vista y la miró de nuevo. Esta vez, no había solo intensidad en sus ojos, sino una comprensión. Una aceptación. Como si él supiera exactamente lo que ella estaba experimentando. Y en esa mirada, Elara se dio cuenta de que había caído en la trampa. La trampa de la empatía. Y no quería escapar.

