La búsqueda de la verdad había consumido a Elara. Cada ciclo que pasaba en los Sub-Niveles, cada inconsistencia descubierta en los archivos de El Sistema, profundizaba la brecha en su lógica. Ya no era una Cazatalentos, sino una investigadora clandestina, moviéndose entre las sombras con un propósito que el Sistema nunca habría aprobado. Y en el centro de su investigación, como un faro de disonancia, seguía estando Kael.
Lo encontró de nuevo en su refugio de color, pero esta vez, el ambiente era diferente. La luz era más tenue, casi íntima, y Kael no estaba pintando. Estaba sentado en el suelo, rodeado de sus lienzos, con una expresión que Elara no había visto antes: una mezcla de introspección y una leve melancolía. Parecía cansado y su energía vibrante atenuada.
Elara se acercó con cautela. Su escáner no registraba ninguna amenaza, solo una profunda «disonancia emocional» en Kael, que ahora reconocía como tristeza. La empatía que había sentido antes regresó, más fuerte, más clara. Quería acercarse, pero sus protocolos, aunque debilitados, aún le gritaban que mantuviera la distancia.
Kael levantó la vista. Sus ojos verdes, normalmente tan intensos, estaban velados por esa misma melancolía. No dijo nada, pero su mirada invitaba, no a la confrontación, sino a la comprensión.
Elara, impulsada por un impulso que no pudo racionalizar, dio un paso adelante. Luego otro. Se arrodilló a unos metros de él, observándolo. El silencio se extendía entre ellos, un silencio cargado de una tensión que no era hostil, sino expectante.
De repente, Kael suspiró, un sonido que Elara nunca había escuchado en la superficie. Un sonido de agotamiento, de peso. Extendió una mano, no hacia ella, sino hacia un lienzo cercano, como si buscara consuelo en el color. Pero su mano, manchada de pigmentos, se detuvo a medio camino.
Fue entonces.
Elara, sin pensarlo, extendió su propia mano. No fue una decisión lógica, sino una reacción a ese suspiro, a esa expresión de cansancio. Su mano, fría y perfecta, se posó suavemente sobre la de Kael, que descansaba inerte en el suelo.
El contacto fue una descarga. No la chispa eléctrica del primer roce, sino un fuego lento y profundo que se extendió desde su palma. La piel de Kael era cálida, áspera por la pintura, pero increíblemente viva. Elara sintió el pulso bajo sus dedos, un ritmo que no era el metrónomo de El Sistema, sino el latido irregular de una vida.
Una oleada de sensaciones la inundó. No solo el calor de la piel de Kael, sino algo más. Una corriente subterránea de su propia energía, de su propia esencia. Elara sintió una atracción innegable, una fuerza gravitacional que la arrastraba hacia él. Su respiración se volvió superficial, su cuerpo se tensó con una excitación que no tenía nombre en su vocabulario. Su escáner de muñeca parpadeaba frenéticamente y sus lecturas de actividad neuronal eran un caos de picos y valles, muy por encima de cualquier umbral de «disonancia».
Kael no retiró su mano. Sus ojos se abrieron un poco más, y la melancolía se disipó, reemplazada por una sorpresa y, luego, una intensidad que Elara reconoció. Sus dedos se movieron ligeramente, respondiendo al contacto, entrelazándose con los de Elara.
En ese instante, Elara supo que no era solo empatía. No era solo curiosidad. Era un chispazo de erotismo, una conexión visceral que trascendía la lógica y el protocolo. Era una promesa de lo que la emoción, el deseo, podía ser. Era prohibido. Era peligroso. Y Elara, por primera vez en su vida, sintió un anhelo abrumador por más. Su mano permaneció unida a la de Kael mientras la fría perfección de su piel absorbía el calor de la vida, y la Armonía esmerilada de su existencia se resquebrajó un poco más.

