Elara se retiró del refugio de Kael como si el aire mismo la quemara. No hubo despedida, solo un quiebre abrupto del contacto, una huida impulsada por una confusión que superaba cualquier lógica. Regresó a su unidad en el Sector Gamma, el viaje de vuelta recorría un borrón de corredores blancos y zumbidos monótonos. Pero la Armonía, antes su refugio, ahora se sentía como una prisión fría y aséptica.
Se dejó caer en su plataforma de sueño, aunque la idea de descansar era absurda. Su cuerpo vibraba con la memoria del tacto de Kael, una resonancia cálida que se negaba a disiparse. Su escáner de muñeca, ignorado, parpadeaba con lecturas de disonancia que habrían activado una alerta de re-armonización severa. Pero Elara no quería re-armonizarse. Quería entender.
Procesó lo ocurrido. El contacto físico. La descarga. La atracción. La palabra «erotismo» flotaba en el borde de su conciencia, una etiqueta que había visto en archivos antiguos sobre la «era del caos», siempre acompañada de advertencias sobre su poder destructivo. Pero lo que ella había sentido no era destructivo. Era… una explosión de vida.
La disonancia en ella crecía, ya no era una semilla, sino un brote vigoroso que rompía las capas de su programación. Su mente, entrenada para la eficiencia, intentaba categorizar esta nueva información, pero no había categorías para el deseo, para la conexión visceral que había experimentado.
Y entonces, sucedió.
No fue un recuerdo claro, sino un fragmento. Una imagen difusa, como una interferencia en una pantalla. Un rostro. No el de Kael, sino el de una mujer, sonriendo. Una risa, un sonido que no era el zumbido de la Armonía, sino algo más… melódico. Y una sensación de calidez abrumadora, diferente al calor de la mano de Kael, pero similar en su intensidad.
Elara se incorporó, su respiración agitada. ¿Qué era eso? El Sistema había erradicado todos los recuerdos pre-Armonía de sus ciudadanos. La historia se enseñaba como un hecho, no como una experiencia vivida. Sus sinapsis habían sido podadas. ¿Cómo era posible que un fragmento tan vívido se manifestara?
Cerró los ojos, intentando forzar el recuerdo, pero se desvaneció como humo. Sin embargo, la sensación permaneció. Una punzada de anhelo por algo que no conocía.
Esa noche, el sueño de Elara fue diferente. No fue el descanso programado y sin sueños al que estaba acostumbrada. Fue un sueño vívido.
Se encontró en un lugar que no era el Sector Gamma. Un espacio abierto, bajo un cielo que no era el techo de hormigón, sino un vasto lienzo de azul y blanco. Había árboles, seres orgánicos de un color verde vibrante, que se movían suavemente con una brisa. Y había risas. Sonidos de alegría desinhibida. Vio a personas, moviéndose con una libertad que la impactó, sus rostros expresaban una miríada de emociones que ella solo había visto en los archivos de la disonancia.
En el sueño, Elara no era una Cazatalentos. Era… diferente. Sentía el sol en su piel, el olor de las flores, el eco de la risa. Y en el centro de todo, una figura. Borrosa, pero que irradiaba una calidez familiar.
Despertó con un sobresalto con su cuerpo empapado en un sudor frío y su corazón latiendo como un tambor. La imagen del sueño persistía, era una realidad alternativa que El Sistema debería haber borrado de su subconsciente.
La semilla de la pregunta, plantada por su propia anomalía y regada por el arte de Kael, había germinado. Ahora, con el tacto prohibido y los sueños vívidos, la pregunta era más grande, más urgente: ¿Y si lo que cazaba, lo que erradicaba, era en realidad lo que le faltaba? ¿Y si El Sistema de la Armonía no había salvado a la humanidad, sino que la había despojado de su verdadera esencia? La razón fría de Elara se enfrentaba a un abismo de incertidumbre, y por primera vez, no temía caer.

