La euforia de los encuentros secretos y la embriaguez de los nuevos sentidos no duraron. En el Sector Gamma, cada desvío de la norma, cada anomalía, era un murmullo que los omnipresentes sensores del Sistema captaban. Elara, la Cazatalentos de élite, había sido entrenada para ser la anomalía cero, un espectro de eficiencia. Pero ahora, su misma existencia era una disonancia flagrante.
Comenzó de forma sutil, casi imperceptible. Un ligero retraso en la carga de datos de sus informes de rutina, apenas un microsegundo, pero suficiente para activar una alerta de bajo nivel en los servidores de la División de Armonización. Un cambio en sus patrones de sueño profundo: unos pocos minutos de latencia en la fase REM, atribuidos por los algoritmos a un «ligero estrés ambiental no especificado». Nada concreto, pero suficiente para que los vigilantes silenciosos del Sistema, los Centinelas de Análisis de Conducta, comenzaran a observar un patrón.
La primera señal inequívoca llegó a través de Kael. Una mañana, mientras cruzaba un sector de tránsito subterráneo, notó un nuevo dron de vigilancia flotando a una altura inusualmente baja. No era la típica unidad de patrulla; este era más pequeño, más ágil, casi invisible contra el gris del techo. Sus ojos, acostumbrados a la discreción, captaron el parpadeo irregular de un sensor de infrarrojos que no estaba activo en los modelos estándar. Una anomalía dentro de la monotonía.
Esa noche, cuando se encontraron en su refugio, la urgencia en la voz de Kael era palpable, despojada de la dulzura habitual.
—Nos están observando, Elara —dijo, sin rodeos con su mirada fija en ella—. Hay nuevas unidades de dron. Las he visto. Y… hay un cambio en el tráfico de datos en las redes subterráneas. Pequeños paquetes, cifrados, rebotando en patrones que no son de rutina.
Elara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la fría humedad del túnel. Su entrenamiento como Cazatalentos se encendió, activando en su mente circuitos de análisis que había usado para rastrear a otros. De repente, cada pequeño «error» suyo, cada desvío insignificante de su rutina perfecta, tomó una nueva y aterradora perspectiva.
—Mis informes —murmuró con la boca seca—. He tenido pequeños desfases. En la fase de sueño también. Intenté compensarlo, pero…
Kael asintió con su rostro endurecido. —Ellos no buscan fallos, Elara. Buscan desviaciones del perfil. Una vez que tu patrón de comportamiento se inclina, por insignificante que sea, un algoritmo lo marca. Y si se repite, te colocan en una lista de observación.
Elara sintió la red invisible apretarse. El Sistema no perseguía intenciones, perseguía anomalías. Y ella era ahora la personificación de la anomalía. Su corazón latía con una nueva disonancia: el miedo. Miedo no por sí misma, o no solo por sí misma, sino por Kael, por lo que habían descubierto juntos, por el frágil jardín que habían comenzado a cultivar.
Los días siguientes fueron un juego macabro del gato y el ratón. Cada vez que Elara entraba en un sector de análisis, sus propios sensores internos se agudizaban. Notó los «nuevos» Centinelas, idénticos a los antiguos en apariencia, pero con un patrón de vuelo o un destello de luz apenas diferente. Se dio cuenta de que sus rutas habituales, antes despejadas, ahora parecían tener «accidentes» menores que la obligaban a desviarse, siempre hacia corredores con más sensores activos.
En su unidad de vivienda, la «armonía» de su entorno se sentía como una burla. El aire que respiraba, filtrado y regulado, le parecía pesado. Los patrones de luz que cambiaban con la hora del día, antes reconfortantes, ahora se sentían como una intrusión, una observación constante. Se abstuvo de cualquier expresión facial superflua, de cualquier movimiento que no fuera esencial. La paranoia se instaló, un frío compañero que la acompañaba a todas partes.
Una tarde, mientras revisaba los datos de recolección de disonancias, un gráfico de anomalías de baja frecuencia en el Subsector Siete, que ella había clasificado como «error de sensor», apareció de nuevo en su terminal con una nueva etiqueta: «Confirmado. Patrón de movimiento errático». Era un patrón que, para sus ojos entrenados, no era errático. Era… deliberado. Casi como si alguien estuviera tratando de evitar la detección. Una forma de caminar que ella, con sus nuevas habilidades, reconocía.
La sangre se le heló. Ese patrón era el de Kael. El Sistema no solo los estaba monitoreando; ya había identificado un comportamiento anómalo. Y ahora, estaban conectando los puntos.
Elara se obligó a mantener la calma, a teclear una respuesta neutra confirmando la «anomalía». Pero por dentro, una sirena de alarma aullaba. La sombra del cazador se había vuelto tangible. Sabía que el tiempo se les agotaba, que cada suspiro de libertad, cada roce de sus manos, los acercaba al inevitable enfrentamiento. La inocencia había terminado. Había despertado a la verdad, y ahora la verdad era su persecutor.

