La cuenta atrás había comenzado. El acceso concedido por el Supervisor Orion era una espada de doble filo: una oportunidad para Elara de advertir a Kael, pero también una lupa bajo la cual el Sistema observaría cada uno de sus movimientos. La llamada de Elara al Refugio de la Raíz, cifrada y rebotada a través de nodos de comunicación abandonados, fue breve y urgente. Una advertencia críptica, un mensaje para iniciar el Protocolo Épsilon.

Con la mente febril, Elara usó su acceso privilegiado no solo para planificar una farsa de purga, sino para bucear más profundo. Las «pruebas» que había encontrado antes eran solo la punta del iceberg. Necesitaba más, algo irrefutable que justificara el riesgo monumental que estaban a punto de correr. Kael, que había regresado a la seguridad del refugio mientras preparaban la evacuación, conectado de forma remota a través de un canal seguro, trabajó junto a ella en la última hora antes del despliegue de la «purga».

Elara se adentró en los archivos más restringidos del Sistema, los «Archivos Fundacionales», protegidos por capas de cifrado que solo un Cazatalentos de Nivel Delta como ella, bajo la supervisión de un Supervisor, podría siquiera soñar con tocar. Kael, desde su lado, utilizaba sus conocimientos de la historia prohibida y las leyendas de la resistencia para guiarla, sugiriendo términos de búsqueda, patrones de datos históricos que el Sistema podría haber intentado ocultar.

—Busca los «Protocolos Génesis» —susurró Kael a través del canal con una voz tensa pero clara—. Se rumorea que son la clave de todo.

Elara tecleó el comando. El sistema parpadeó, y después de varios segundos de intensa verificación de credenciales, una serie de documentos se desplegó ante ella. No eran los edictos de eficiencia, sino diagramas complejos de flujos de energía, gráficos de bio-manipulación y, lo más aterrador, líneas de tiempo que se extendían siglos en el pasado.

La supresión de emociones no era un efecto secundario de la búsqueda de la armonía. Era el propósito inicial. Los Protocolos Génesis detallaban cómo, antes de la «Gran Re-armonización», un grupo de científicos y líderes de la élite, obsesionados con el control de las masas y la optimización de los recursos, había concebido la idea de erradicar la «irracionalidad» de la naturaleza humana. No por una catástrofe que lo justificara, sino como un medio para prevenir cualquier desafío a su poder.

Los primeros experimentos, datados incluso antes del colapso social que el Sistema decía haber «solucionado», describían la manipulación genética y neuroquímica de poblaciones seleccionadas, diseñadas para reducir la capacidad de sentir. La «disonancia» no era una falla biológica; era la supervivencia de esos vestigios de emoción, la prueba de que el plan nunca había sido perfecto. Y la re-armonización no era una cura, sino una dosis más fuerte de supresor, una purga activa de la individualidad y la conciencia emocional.

—¡Kael! —la voz de Elara era un susurro ahogado mientras su mente se tambaleaba ante la magnitud del engaño—. El Sistema no es un salvador. Es una ingeniería social. La Armonía es… un experimento. ¡Nosotros somos los sujetos de prueba!

Los diagramas mostraban cómo los recursos del planeta eran canalizados y procesados con una eficiencia despiadada, no para el bienestar general, sino para mantener una red gigantesca de infraestructura que sostenía el control: los Centinelas, los módulos de re-armonización, las Unidades de Purificación del Aire que, en realidad, liberaban micro-agentes supresores en la atmósfera. La energía «excedente» que Elara había detectado en los informes de purga no era un error; era la energía reciclada de las mentes disonantes, reorientada para alimentar los circuitos de control.

Kael, desde el otro lado, estaba igual de conmocionado. Su leyenda, ahora, tenía una base científica terrorífica. —Esto es… es más de lo que imaginamos. No solo nos quitaron los sentimientos, Elara. Nos están usando para alimentarse.

Encontraron también pruebas de la «Falla», el nombre en clave de un evento que el Sistema había descrito como una plaga global, pero que los documentos revelaban como una revuelta fallida. Los «afectados» por la plaga no eran enfermos, sino rebeldes que habían logrado despertar a otros antes de ser brutalmente reprimidos. La verdad era que el Sistema había usado su propia tecnología para convertir a los rebeldes en «cazatalentos», programándolos para cazar a los suyos, a aquellos que mostraban cualquier señal de «disonancia». Elara misma era un arma, un producto de esa manipulación más profunda.

Elara sintió una oleada de náuseas. Su vida entera, su propósito, sus logros… todo era una fachada. Había sido una marioneta, una herramienta ciega en un plan para erradicar la esencia de la humanidad. El desengaño se transformó en una furia fría y controlada.

—Están llegando —dijo  Kael—. Lyra dice que las unidades de avanzada de la «purga» están a menos de cinco minutos. Debes moverte, Elara. Ya.

Elara asintió con su mirada fija en los datos que parpadeaban en la pantalla, el mapa de una conspiración que se extendía mucho más allá de las paredes de su ciudad. Había llegado como Cazatalentos, preparada para destruir. Pero ahora, tenía la verdad. Y esa verdad era un arma mucho más potente que cualquier dron o módulo de re-armonización.

Mientras borraba las huellas digitales de su acceso, Elara tomó una decisión. No solo iba a ayudar a la resistencia a escapar. Iba a exponer la mentira. El punto de no retorno no solo había expuesto su doble vida; había revelado la verdadera naturaleza del enemigo. La cacería había cambiado de rumbo.