La falsa purga de Elara había sido un despliegue de su ingenio y del conocimiento interno del Sistema. Había manipulado los drones y los informes para simular una aniquilación total del Refugio de la Raíz, mientras los Emocionistas, siguiendo el Protocolo Épsilon, se dispersaban por túneles secundarios. La misión «exitosa» la había dejado exhausta, pero con la sensación de haber ganado una pequeña batalla crucial. Por un instante, la esperanza parecía una aliada tangible.
Sin embargo, la victoria fue efímera. La alarma real sonó una hora después de que Elara hubiera entregado su informe a Orion, mucho antes de que el Sistema pudiera haber reevaluado la situación. No era la respuesta predecible a su engaño. Era un ataque directo, masivo, con unidades de choque entrando en el refugio por múltiples puntos, incluyendo rutas que solo unos pocos conocían.
Elara recibió la señal de Lyra —un pulso de datos frenético y encriptado que pasó por su terminal personal— mientras estaba aún en la División de Análisis, intentando borrar los últimos rastros de su «purga». El mensaje era simple: Infiltrados. Estamos bajo ataque total. No vengan. REPITO, NO VENGAN.
Un frío se extendió por su estómago, más gélido que el metal de los servidores. El Sistema había tenido un chivatazo. No era un error en sus algoritmos. Era una traición.
Elara se lanzó a las redes internas de comunicación de la División de Choque, la misma que había «activado» para su farsa. Se movía con la velocidad de un rayo y su mente conectaba los puntos: las rutas de acceso de las unidades de choque, las prioridades de los objetivos… y el origen de la alerta inicial. El rastro la llevó a un canal de comunicación de bajo nivel, utilizado por operativos externos para enviar informes rápidos.
Y entonces lo vio. La marca de identificación del emisor. El código de un implante ocular modificado, usado para transmitir datos directamente a los servidores del Sistema sin pasar por los filtros de la red común de la Resistencia. Era el mismo que Kael le había descrito una vez, un distintivo de «Proveedor» de bajo nivel que Garrus solía emplear para sus transacciones.
Garrus, la sombra en el rincón, el hombre de la mirada ilegible y la lealtad ambigua, se había revelado como el espía. Él había sido el que había notificado al Sistema la ubicación y la actividad del Refugio de la Raíz, incluso el Protocolo Épsilon. Lo había hecho antes de que Elara ejecutara su farsa, lo que significaba que el Sistema había estado esperando, usando su «misión de purga» como una cruel confirmación.
La rabia la invadió y sintió un fuego helado que la impulsó a la acción. No había tiempo para la venganza. Solo para la supervivencia. Kael. Tenía que llegar a Kael. El refugio estaba comprometido, pero Kael, siguiendo el plan de evacuación, debía estar ya en movimiento.
Elara irrumpió fuera de la División, sus pasos resonaban en los pasillos inmaculados. La falsa normalidad había desaparecido. Drones de patrulla se movían con mayor frecuencia y sus luces escaneaban cada sombra. Sintió la presión de los sensores ambientales registrando su ritmo cardíaco acelerado, su sudoración mínima. Era la Cazatalentos huyendo de su propia sombra, un objetivo de alto valor para el Sistema.
Necesitaba encontrar a Kael. Habían acordado un punto de encuentro de emergencia si la purga resultaba ser real, un antiguo conducto de ventilación que llevaba a los niveles inferiores del distrito olvidado.
Mientras Elara se abría camino por los túneles de servicio con sus sentidos hiper-agudizados, escuchó el inconfundible sonido de botas pesadas resonando a lo lejos. Un equipo de Vigilantes de élite, con sus voces metálicas filtradas por el comunicador, se acercaba.
—Objetivo detectado en el Corredor Delta Siete —se oyó una voz—. Movimiento rápido. Parece ser Cazatalentos 734. ¡La prioridad es capturarla viva!
No había vuelta atrás. Ya no era una agente doble. Era una fugitiva. La certeza de la traición le quemaba en el pecho, pero la necesidad de encontrar a Kael, de proteger la chispa de esperanza que habían encendido, era más fuerte. Su doble vida había colapsado, y de sus ruinas emergía una nueva Elara, una que correría, se escondería y lucharía con una ferocidad que el Sistema nunca podría haber programado. La persecución final había comenzado.

