La cavidad que Kael había descubierto, un antiguo cuarto de bombas olvidado bajo los cimientos de lo que una vez fue una estación de tren, se convirtió en su santuario improvisado. El aire era pesado y olía a moho y metal oxidado, pero estaba extrañamente limpio de la omnipresente fragancia dulzona de los supresores de la Armonía. Una grieta en el techo permitía que una débil luz filtrada, un pálido recuerdo del sol exterior, dibujara patrones fantasmales en el polvo.

Estaban a salvo, por ahora. Pero la ausencia de la persecución directa no significaba el fin de la presión. La tensión era un compañero constante, un nudo en el estómago que recordaba a Elara la inminencia de su condición de fugitivos. El Sistema era un fantasma implacable, sus ojos y oídos estaban por todas partes, y solo era cuestión de tiempo antes de que los encontrara de nuevo.

Sentados en el frío suelo, espalda con espalda, buscando el confort del contacto mutuo, el silencio se llenó con el eco de sus pensamientos. Elara, que siempre había sido una Cazatalentos impecable, procesaba la información de manera diferente. Su mente ya no se centraba en la eficiencia o el protocolo, sino en la pura y cruda supervivencia. Y en Kael.

—¿Crees que los Emocionistas están a salvo? —preguntó Elara, rompiendo el silencio, con un murmullo. La preocupación por Silas y Lyra era una emoción nueva y punzante.

Kael suspiró con su aliento cálido en la nuca de ella. —Silas es astuto. Tienen varias rutas de contingencia. Y Lyra… ella es demasiado rápida para ellos. Pero no podemos volver. Por ahora, somos nosotros los que los ponemos en peligro.

La verdad de sus palabras era un peso. Su presencia, su misma existencia, era ahora un riesgo para aquellos que habían elegido sentir. Elara reflexionó sobre el miedo. Antes, era una variable teórica en los algoritmos de conducta, una emoción disfuncional a erradicar. Ahora, era una sensación visceral: el escalofrío de una alarma, el nudo en su garganta al pensar en Kael capturado, la punzada en su pecho al imaginar el rostro de Garrus. Pero también comprendió que el miedo no era solo parálisis; era una advertencia, un motor para la acción, una señal de que lo que poseía ahora era demasiado valioso para perderlo.

Kael se volvió mientras sus ojos buscaban los de Elara en la penumbra. —Tenías razón sobre los Protocolos Génesis. Sobre todo. Es… incomprensible. Que hayan hecho esto.

—Y que nosotros… hayamos sido parte de ello —Elara terminó la frase con una amargura palpable. La magnitud del engaño, de la manipulación generacional, la dejaba con una sensación de náusea. Había sido una Cazatalentos, sí. Pero también una víctima.

La esperanza, sin embargo, brilló entre ellos como una tenue luciérnaga en la oscuridad. No era la esperanza programada de una misión exitosa o un rendimiento óptimo. Era una esperanza cruda, nacida de la disonancia misma: la esperanza de que el sentir pudiera prevalecer, de que la verdad pudiera liberarles, de que su amor pudiera ser el catalizador de algo más grande.

—¿Por qué seguimos luchando, Kael? —preguntó Elara,  con su voz teñida de una vulnerabilidad que nunca había permitido antes—. Podríamos… escondernos. Olvidarnos de todo.

Kael tomó su mano y entrelazó sus dedos con los de ella. —Porque ahora lo sabemos, Elara. Ya no somos ciegos. Y porque… —su pulgar acarició suavemente el dorso de su mano—, porque hemos sentido. Porque hemos probado la verdadera libertad.

La libertad. Esa palabra, que el Sistema había redefinido como «ausencia de disonancia», ahora resonaba en Elara con un significado nuevo y revolucionario. La libertad no era la ausencia de restricciones. Era la capacidad de elegir, de sentir sin culpa, de amar sin miedo, de pensar sin censura. Era el sabor de los labios de Kael, el eco de una música prohibida, la furia ante la injusticia de la Armonía. Era la posibilidad de ser ellos mismos, con todas sus complejidades y contradicciones, lejos del yugo de la eficiencia.

Reflexionaron en silencio. La persecución del fantasma del Sistema seguía ahí como un aliento frío en la nuca. Pero en ese refugio temporal, la esperanza se arraigaba. No era una fantasía ingenua, sino una resolución forjada en el peligro y la verdad. Eran vulnerables, sí, pero también estaban más fuertes que nunca, unidos por un vínculo que el Sistema nunca podría entender ni destruir. Su libertad era su arma, y la esperanza, el combustible para la lucha que aún estaba por venir.