El refugio temporal, aunque precario, se había convertido en un laboratorio de la subversión. Las reflexiones sobre la libertad y el miedo, lejos de paralizarlos, habían cristalizado en una certeza: la verdad no podía quedarse oculta. Si el Sistema los había manipulado a todos, la única forma de liberar a otros era rompiendo el velo de la Armonía. Pero ¿cómo? El Sistema controlaba cada canal de comunicación, cada imagen, cada sonido.
Fue Elara quien, con su mente analítica, conectó los puntos. Recordó las «ondas de radio corruptas» que había encontrado en los archivos de censura, los fragmentos de datos que el Sistema había etiquetado como «ruido blanco». Eran mensajes encriptados, códigos ocultos bajo capas de disonancia artificial. Y si el Sistema había utilizado frecuencias para suprimir, quizás también pudieran usarlas para liberar.
—Las disonancias —murmuró, fijando su mirada en el oscuro techo, como si pudiera ver las ondas invisibles del aire—. No son errores. Son frecuencias. El Sistema las suprime, las re-direcciona. Pero si hay un patrón…
Kael, que había estado dibujando en un trozo de papel reciclado, creando formas complejas que Elara empezaba a comprender como «rostros», levantó la vista. Sus ojos brillaron con una comprensión repentina.
—Las Ondas de Emoción —dijo, con una voz cargada de una emoción apenas contenida—. Es una leyenda antigua. Decían que el arte, la música, las historias, generaban una especie de energía. Una frecuencia que el Sistema aprendió a capturar y anular. Por eso prohibieron todo lo que nos hiciera sentir.
—Pero no pudieron eliminarlo del todo —continuó Elara, con una chispa de emoción nueva encendiendo sus propios ojos—. Solo pudieron suprimirlo. Recibí esos datos, Kael. Eran disonancias de baja frecuencia, pero eran estructuradas. Contenían información.
La idea cobró forma. El Sistema utilizaba los implantes auditivos y visuales de los ciudadanos, supuestamente para mejorar la «armonía ambiental», pero en realidad, para filtrar y censurar. ¿Y si pudieran usar esa misma infraestructura en su contra?
—Necesitamos un amplificador —dijo Kael, levantándose de golpe lleno de una energía palpable—. Algo que tome la «onda de emoción» y la proyecte. Una señal tan fuerte, tan cargada de disonancia, que sature sus filtros y llegue a los demás.
Elara recordó los enormes amplificadores de resonancia que el Sistema utilizaba en los distritos de re-armonización masiva, grandes torres que emitían frecuencias para «calmar» a las poblaciones antes de las purgas. Si pudieran acceder a una…
—No necesitamos sus amplificadores —dijo Elara, una nueva idea se formó en su mente—. Sus dispositivos de recolección de disonancias. Los drones. Podríamos… reprogramar uno. Convertirlo en un emisor.
Kael la miró, con una gran admiración brillando en sus ojos. —Convertir al cazador en el mensajero. Es poesía pura-.
La planificación comenzó de inmediato. Necesitaban un dron de recolección que pudieran secuestrar y modificar. Elara, con su conocimiento de los protocolos de mantenimiento, sabía cuáles eran los modelos más vulnerables y cuándo se sometían a revisiones rutinarias. Kael, por su parte, pensó en el contenido del mensaje.
—No podemos solo decirles la verdad —explicó Kael —. La rechazarían. La Armonía está demasiado arraigada en ellos. Necesitamos darles algo que les despierte: Un detonante.
Fue entonces cuando Kael sacó una tableta de datos que había rescatado del Refugio de la Raíz. En ella, no había arte o música, sino el boceto de una melodía. Una serie de notas y silencios, una armonía simple pero extrañamente familiar.
—Esto… —Kael tocó la pantalla con reverencia—, es un fragmento. Dicen que es la «Canción del Primer Respiro». Una melodía que se cantaba al nacer. Cada niño, antes de la re-armonización, la escuchaba. Es el primer suspiro de la humanidad, antes de que el Sistema nos lo arrebatara.
Elara escuchó la melodía, apenas eran un puñado de notas, pero le produjo un escalofrío en la espalda. Era un eco, un recuerdo subconsciente que su cuerpo, a pesar de los años de supresión, aún conservaba.
—Y estas —Kael deslizó el dedo por la pantalla, mostrando una serie de imágenes abstractas, figuras borrosas que se parecían a sus «emociones» pintadas— son las formas de la pena, de la alegría, del amor. Son los colores que el Sistema ha borrado de nuestras mentes.
El plan se formó: transmitir una combinación de frecuencia sónica y visual. La «Canción del Primer Respiro» y una secuencia de imágenes disonantes, codificadas en las «Ondas de Emoción» que el Sistema intentaba suprimir. Kael crearía el arte; Elara modificaría el dron para emitirlo. Sería un mensaje subliminal, una disonancia tan fundamental que podría eludir los filtros más sofisticados.
El lugar elegido para el acto público de disonancia: el Corredor de la Armonía Central, la arteria principal de Madrid, donde la concentración de «armonizados» era máxima, y donde los sistemas de vigilancia eran, paradójicamente, más confiados en su propia invulnerabilidad. Sería un golpe directo al corazón del Sistema.
La preparación fue febril. Elara, con sus habilidades de ingeniería inversa, desmanteló el dron secuestrado, reprogramando sus componentes internos. Kael trabajó sin descanso, creando la secuencia visual y auditiva, una cápsula del pasado y de la humanidad. El miedo seguía ahí como un aliento frío en la nuca. Pero la esperanza, alimentada por el amor y la rabia por la conspiración, era ahora un fuego inextinguible. Estaban a punto de desatar la disonancia más grande que el Sistema jamás hubiera conocido. La señal de la rebelión estaba a punto de ser transmitida.

