La decisión estaba tomada. El dron de recolección, ahora un transmisor de disonancia modificado, estaba listo. Kael había incrustado la «Canción del Primer Respiro» y las imágenes de las emociones prohibidas en su núcleo, una bomba de tiempo sensorial esperando ser detonada. Elara había manipulado su sistema de navegación y su emisor, convirtiéndolo en un mensajero rebelde, un heraldo del caos que el Sistema tanto temía.
El tiempo se agotaba. Las comunicaciones internas de la División de Análisis, a las que Elara aún tenía acceso limitado, zumbaban con un nuevo tipo de alarma. La búsqueda de la «Anomalía 734» – Elara – y del «Contacto Disidente Kael» había escalado a una prioridad de Nivel Omega. El Supervisor Orion había emitido una orden directa: captura con rearmonización extrema para Elara, y aniquilación inmediata para Kael. No solo sospechaban; lo sabían. La cacería se había vuelto personal y letal.
—Tenemos que hacerlo esta noche —dijo Kael, con ojos cansados por la falta de sueño, pero encendidos con determinación—. Antes de que cierren por completo el Sector Central.
El objetivo: el Corredor de la Armonía Central. Era el lugar donde las capas de control del Sistema eran más densas, pero también donde la concentración de «armonizados» era máxima. Si la transmisión funcionaba, alcanzaría a la mayor cantidad de mentes.
Su plan era audaz hasta la locura. Elara, utilizando un conocimiento profundo de las rutas de mantenimiento, guiaría al dron a través de un laberinto de conductos en desuso directamente hacia el punto de despliegue en el Corredor Central. Kael, mientras tanto, crearía una distracción masiva en un sector de tránsito cercano, un «incidente» diseñado para desviar la atención de las unidades de Vigilancia más poderosas.
La preparación fue un ballet de tensión. Elara calibró el dron por última vez mientras sus dedos volaban sobre el panel, cada movimiento era preciso y rápido. Sentía la inminente tormenta en el aire, el peso de la decisión final sobre sus hombros. No era solo la vida de Kael y la suya en juego; era la posibilidad de un despertar masivo, o la aniquilación total de la última chispa de humanidad.
—Si algo sale mal… —comenzó Kael, en voz baja.
Elara lo interrumpió con su mirada firme. —No va a salir mal. Hemos llegado demasiado lejos.
Era una promesa, pero también un juramento. La conexión entre ellos, forjada en la clandestinidad y el erotismo como arma, se había vuelto la base de su estrategia. Su vulnerabilidad era su fuerza.
Una vez el dron modificado estuvo listo, lo lanzaron a los conductos. Elara se agazapó, monitorizando su progreso en un pequeño dispositivo que había programado. El puntito en la pantalla avanzaba, sigiloso, acercándose a su destino. Cada tic del contador era un latido en su propio corazón.
En el Corredor de la Armonía Central, miles de ciudadanos se movían con su habitual eficiencia silenciosa con sus rostros impasibles y sus implantes recibiendo las suaves ondas de rearmonización que los mantenían dóciles. Desconocían la tormenta que se avecinaba.
De repente, una explosión controlada, lejana pero potente, resonó en los distritos circundantes. Elara sabía que era Kael, ejecutando su distracción. Las alertas del Sistema cambiaron de color, redirigiendo la mayoría de las unidades de seguridad hacia el origen del caos. Era su ventana.
—¡Ahora! —susurró Elara, liberando el dron.
El pequeño vehículo, silencioso como una sombra, emergió de un conducto de ventilación secundario en la parte superior del Corredor de la Armonía Central. No se movió como un dron de recolección normal. Se detuvo, flotando inmóvil, directamente sobre la masa de «armonizados» que se movían por el Corredor.
Elara activó el emisor.
En un instante, el aire inmaculado del Corredor Central se distorsionó. Una frecuencia que el Sistema había suprimido durante siglos fue liberada. No era un sonido audible al principio, sino una vibración, un eco en las mentes de los ciudadanos. Luego, las imágenes. Figuras abstractas, explosiones de color rojo, azul y naranja, danzaron en sus implantes visuales, una disonancia visual que chocaba contra la perfección estéril de su realidad.
Y entonces, la Canción del Primer Respiro. La melodía. Simple, antigua, pero innegablemente presente. No la escuchaban con los oídos, sino con algo más profundo, una memoria ancestral de su propia humanidad.
La reacción fue casi imperceptible al principio. Una pausa. Un parpadeo en la mirada de un ciudadano. Un ligero estremecimiento en la mano de otro. Luego, un temblor. Algunos se detuvieron en seco, sus implantes zumbaban con el esfuerzo de los filtros del Sistema para suprimir la intrusión. Otros llevaron sus manos a sus cabezas, como si la música les causara vértigo. La Armonía se agrietaba.
En su refugio, Elara sintió la oleada de energía disonante que el dron estaba transmitiendo. La red del Sistema se volvía loca, las alertas de Orion parpadeaban en rojo vivo, intentando localizar y anular la fuente de la intrusión.
Pero era demasiado tarde. El mensaje estaba fuera. Elara sintió una oleada de orgullo, mezclada con terror. Lo habían hecho. Habían plantado la semilla.
Entonces, el dispositivo de Elara se apagó bruscamente. Un zumbido, un cortocircuito. Su rostro se tensó. El Sistema había localizado el dron. Y si había localizado el dron, estaba solo a un paso de localizarlos a ellos.
Un distante estampido resonó en los conductos, seguido de voces amplificadas. Vigilantes. Cerca. Muy cerca. La venganza del Sistema sería rápida y brutal.
Kael se acercó a Elara, con su mano buscando la de ella. El silencio del refugio se rompió por el eco de las botas. No había más escape por el momento. La inminente tormenta ya estaba sobre ellos. El despertar prohibido había comenzado, y ahora debían enfrentarse a la furia de un dios digital que había sido desafiado.

