Elara regresó a su unidad habitacional en el Sector Gamma, pero la Armonía esmerilada ya no la envolvía con su habitual calma. La sensación de empatía, esa punzada ajena que se había anclado en su pecho, era una disonancia persistente, un eco del dolor del lienzo de Kael que se negaba a disiparse. Su escáner interno seguía registrando fluctuaciones y, por primera vez, Elara no intentó suprimirlas. Quería entenderlas.

La lógica, su única guía hasta ahora, le dictó que la única forma de comprender una anomalía era a través de la recopilación de datos. Pero los datos oficiales sobre Kael eran escuetos, fríos, limitados a su clasificación como «disonancia severa» y su ubicación. No había nada que explicara esa chispa en sus ojos, la calidez de su voz, o la forma en que sus pinceladas podían transferir una emoción.

Se sentó frente a su panel de control con sus dedos danzando sobre la interfaz. Accedió a los niveles más profundos de la red de El Sistema, aquellos reservados para los Cazatalentos de alto nivel. Buscó más allá de los perfiles operativos, adentrándose en los archivos históricos, los registros de «incidentes» y las bases de datos de «re-armonización fallida».

La búsqueda de Kael la llevó por caminos inusuales. Encontró menciones dispersas de otros «artistas disonantes» a lo largo de las décadas, individuos que habían sido «reintegrados» o «neutralizados» por su capacidad de «evocar». Pero lo que más le llamó la atención no fueron los datos sobre ellos, sino las inconsistencias en los propios informes del Sistema.

Algunos registros de «re-armonización» mostraban resultados que no eran del todo «óptimos», a pesar de haber sido clasificados como tal. Había patrones de actividad cerebral residual que El Sistema había etiquetado como «inertes», pero que, bajo el ojo entrenado de Elara, parecían indicar una persistencia, una resistencia. Era como si el Sistema, en su búsqueda de la perfección, hubiera decidido ignorar o reinterpretar los datos que no encajaban en su narrativa de éxito absoluto.

Luego, Elara tropezó con un archivo encriptado, etiquetado como «Proyectos de Contención Emocional: Fase Beta». No pudo acceder al contenido completo, pero los metadatos revelaron una serie de experimentos tempranos sobre la supresión de emociones que eran mucho más invasivos y menos «armoniosos» de lo que la historia oficial sugería. Había referencias a «sujetos no cooperativos» y «pérdidas inaceptables». La imagen de un pasado brutal, muy diferente al relato de una transición suave hacia la Armonía, comenzó a formarse en su mente.

Las grietas en la fachada de El Sistema no eran evidentes a primera vista, pero una vez que Elara empezó a buscarlas, las encontró. Eran pequeñas fisuras en la lógica impecable, inconsistencias en los datos, borrones en los registros. No eran fallos, sino omisiones deliberadas. El Sistema no era perfecto; era selectivo.

La verdad que Elara comenzó a comprender, no era lo que le habían enseñado. La Armonía no era un estado natural alcanzado, sino una construcción meticulosamente mantenida. Y la supresión emocional no era una cura, sino una imposición.

Su propia disonancia interna, lejos de disminuir, crecía con cada descubrimiento. La intriga se había transformado en una necesidad. Ya no solo quería entender a Kael; quería entender la verdad que El Sistema había ocultado. Y en esa búsqueda, Elara supo que había cruzado una línea. Ya no era una Cazatalentos que operaba para El Sistema. Ahora, estaba cazando al propio Sistema.