El Sector Gamma se había vuelto, para Elara, un telón de fondo para el secreto. Cada pasillo, cada rincón aparentemente insignificante, adquiría un nuevo significado: un punto de encuentro potencial, una ruta de escape imaginaria, un lugar donde el susurro de Kael podría volverse realidad. Desde su primer contacto, la necesidad de verse se había convertido en una corriente subterránea que impulsaba sus días, un tic-tac constante bajo la superficie de la Armonía.

Sus encuentros eran retazos de tiempo robados, fragmentos clandestinos donde el mundo se redefinía. Las viejas y olvidadas galerías de mantenimiento bajo los distritos de recolección de disonancias se convirtieron en su santuario. Allí, el eco metálico de sus pasos y el débil zumbido de los sistemas distantes eran el único testimonio de su transgresión. Elara aprendió a moverse como una sombra, a mimetizarse con el entorno estéril, una habilidad que su entrenamiento de Cazatalentos había perfeccionado, pero que ahora usaba para su propia rebelión silenciosa.

La primera vez que Kael la esperó en uno de esos laberintos subterráneos, el aire entre ellos era denso con la expectación. La luz filtrada por alguna rejilla lejana apenas iluminaba el polvo en suspensión, creando un ambiente etéreo y cómplice.

—Pensé que no vendrías —admitió Kael, con su voz baja, cargada de una mezcla de alivio y audacia. Sus ojos, ahora tan familiares, la escudriñaban con una intensidad que derretía las capas de su programación.

Elara sintió un calor en el pecho, una punzada que no tenía nombre en su vocabulario preestablecido. —Yo… yo tenía que venir.

Fue entonces cuando Kael comenzó a desplegar ante ella un universo de sensaciones. Sacó de su mochila una pequeña tableta antigua con su superficie arañada y desgastada. La encendió, y la oscuridad del túnel retrocedió, bañándolos con una luz tenue y cambiante. En la pantalla, no había datos ni gráficos de eficiencia, sino una explosión de color y forma: una pintura, abstracta y vibrante, que danzaba ante sus ojos.

—Esto es arte —dijo Kael,—. Una expresión de lo que uno siente, sin palabras, sin fórmulas.

Elara lo miró, fascinada. La pintura era un caos organizado de rojos profundos, azules eléctricos y amarillos ardientes. No entendía lo que veía, pero sentía… algo. Una resonancia en su interior que era a la vez abrumadora y liberadora.

Luego, Kael extrajo un pequeño dispositivo de audio y le tendió un auricular. —Escucha esto.

Elara se lo puso, y el silencio mecánico del Sector Gamma fue reemplazado por una cascada de sonidos: una melodía compleja, llena de ritmos ascendentes y descendentes, de armonías que se entrelazaban y separaban. Era música. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo; sus pies querían moverse, sus dedos querían teclear un ritmo inexistente.

—Es… ruidoso —murmuró, la sorpresa tiñendo su voz.

Kael sonrió con una sonrisa genuina que arrugó el rabillo de sus ojos. —Es la voz del alma, Elara. Cada nota, cada color, es una emoción. Alegría, tristeza, rabia, amor…

Pronunció la última palabra con una dulzura particular, y sus ojos se posaron en los de Elara. La luz de la tableta proyectó un brillo sutil sobre sus rostros, revelando la intensidad de su conexión. Elara sintió que el aire se volvía más denso a su alrededor, una atmósfera cargada de algo inminente.

En los encuentros subsiguientes, Kael no solo le mostraba fragmentos de ese «jardín oculto» de la humanidad, sino que la incitaba a sentir. Le pedía que cerrara los ojos mientras describía el sabor de una fruta prohibida que solo había existido en el pasado, la sensación del viento en un campo abierto, el calor del sol en la piel. Cada descripción era un asalto sensorial, un empujón suave hacia la frontera de su propia existencia programada.

Una tarde, mientras la luz del crepúsculo se filtraba por una rendija en el techo de las galerías, pintando vetas anaranjadas sobre el polvo, Kael la detuvo. Habían estado hablando de un poema antiguo que él le había leído, versos que hablaban de anhelo y conexión. La intensidad de sus ojos verdes la atrapó.

—¿Lo sientes, Elara? —su voz era un murmullo ronco—. ¿Lo sientes ahora?

Elara no pudo responder. Había algo eléctrico en el aire, una tensión palpable que la arrastraba hacia él. Sus cuerpos estaban dolorosamente cerca, la distancia entre ellos era una barrera cada vez más frágil. La respiración de Kael se agitó, y Elara sintió el calor de su aliento en su rostro. Sus ojos se fijaron en sus labios, y un impulso primario, desconocido pero abrumador, la recorrió.

Kael se inclinó, lentamente, dándole tiempo a Elara para reaccionar, para retroceder, para huir. Pero Elara no se movió. Su propio corazón, ese órgano que la Armonía había reducido a una bomba eficiente, latía ahora con una fuerza desbocada, amenazando con romper su caja torácica.

Y entonces, sus labios se encontraron. No fue el roce suave que la imaginación le había susurrado. Fue una colisión de dos mundos, una descarga de sensaciones que la paralizó y la encendió a la vez. El beso de Kael era ardiente, desesperado, una promesa de todo lo que el Sistema le había negado. Sus manos se enredaron en el cabello de Kael, aferrándose a él como un ancla en una tormenta emocional. El sabor de su piel, el olor de su aliento, la presión de su cuerpo contra el suyo… era caótico, ruidoso y dolorosamente real.

En ese instante, bajo la tenue luz de un Madrid olvidado, Elara comprendió el arte, la emoción y, peligrosamente, el amor. Comprendió que había un «Despertar Prohibido» mucho más allá de las disonancias de color. Y la conciencia de esta verdad, tan dulce como peligrosa, la llenó de una euforia que nunca había creído posible, mezclada con el escalofrío helado de saber que el Sistema los buscaría, implacable, por cada uno de esos momentos robados. La persecución no había hecho más que empezar.