Cada encuentro en las profundidades silenciosas del Sector Gamma se convertía en una inmersión más honda en el abismo de lo prohibido. Después de las caricias que encendían su piel y los besos que revelaban la existencia de una seductora vulnerabilidad, Kael y Elara se recostaban en el frío hormigón, abrazados, mientras el calor de sus cuerpos creaba un microclima de complicidad en medio de la esterilidad. Era en esos momentos de quietud, cuando el pulso de sus corazones se calmaba, que Kael desvelaba el verdadero tesoro de su rebelión: las historias.

—Antes de la Armonía… —comenzó Kael una tarde, con la voz baja y cadenciosa, como si cada palabra fuera un cristal frágil—. El mundo era un lienzo. O eso dicen las leyendas.

Elara se acurrucó más cerca, sintiendo la vibración de su voz contra su pecho. Su mente, que antes había sido una fortaleza inexpugnable de datos y protocolos, ahora estaba hambrienta de esos relatos, de esas «disonancias narrativas» que Kael le ofrecía.

—La gente sentía todo —continuó Kael, pintando con sus palabras un mundo inimaginable para ella—. No solo las emociones que nosotros conocemos por descarte, como la frustración o la satisfacción del rendimiento. Sentían alegría pura que los hacía bailar sin música, tristeza tan profunda que los hacía llorar por días, ira que los consumía, pero también una pasión desbordante que los unía más allá de la eficiencia.

Kael le habló de cielos azules sin la cúpula reguladora, de estrellas que brillaban con una intensidad sin filtros de luz, de la lluvia que caía libremente sobre la piel. Le describió los océanos, vastos y azules, no como una abstracción en un gráfico, sino como una fuerza viva que rugía y lamía la arena. Le habló de árboles que crecían hacia el cielo, de flores con fragancias que hacían suspirar, de sabores en los alimentos tan complejos que solo podían entenderse probándolos.

—Dicen que había algo llamado «arte» —murmuró, su voz impregnada de una nostalgia que Elara no comprendía del todo, pero que la conmovía—. No solo la música y las pinturas que te mostré. Había palabras que formaban poemas y obras, historias que la gente leía en soportes flexibles que no eran pantallas. Lugares de encuentro llamados «teatros» donde las personas se reunían para ver a otras interpretar vidas ajenas, y «museos» donde guardaban esos «lienzos» y «esculturas» de las que te hablé, todas creaciones nacidas de la emoción más pura.

Elara escuchaba, absorta. Las historias de Kael eran como corrientes de aire fresco en los asépticos corredores de su mente. Cada relato chocaba con las verdades inmutables del Sistema que le habían inculcado. El Sistema proclamaba que la eficiencia era la máxima virtud, que la emoción era un lastre biológico, que el caos del pasado había llevado a la aniquilación casi total y que solo la Armonía podía garantizar la supervivencia. Pero las palabras de Kael pintaban un cuadro diferente: un mundo rico, vibrante, aunque imperfecto, que había sido despojado, no para el bienestar, sino para el control.

Kael también le contó leyendas más oscuras, susurros sobre cómo el Sistema había llegado al poder. No como el salvador altruista que los registros oficiales describían, sino como una fuerza que se había alzado de entre las cenizas de una catástrofe que ellos mismos habían orquestado o magnificado. Habló de la «Gran Re-armonización», un eufemismo para una purga global de todo lo que consideraban «disonante»: emociones, arte, libertad, diversidad.

—No fue un error, Elara —dijo Kael una noche con voz tensa—. No fue un accidente. Fue una elección. Unos pocos decidieron que el control total era la única vía, y nos arrebataron el derecho a sentir, a crear, a elegir. Nos convirtieron en piezas de un engranaje.

Las palabras de Kael se clavaban en Elara como astillas de cristal. El brillo de los pasillos, la lógica inquebrantable de los protocolos, la serenidad forzada de sus compañeros… todo empezó a resquebrajarse. Lo que antes era una verdad absoluta, ahora se sentía como una elaborada mentira. El Sistema no era el guardián benévolo; era un carcelero. Su benevolencia era una ilusión, su armonía, una jaula de oro.

El desengaño se instaló en ella, frío y cortante, erosionando las bases de su existencia. Sentía una rabia silenciosa, una traición profunda. Había sido entrenada para ser un instrumento de ese mismo Sistema, una Cazatalentos que aseguraba su perpetuación. Cada disonancia que había recolectado, cada individuo re-armonizado, ahora le pesaba como una piedra.

Kael notó el cambio en ella, la sombra en sus ojos antes tan serenos. Acarició su mejilla, limpiando una lágrima solitaria que se había deslizado por su rostro.

—No estás sola, Elara —susurró, su voz una promesa—. Hay otros que recuerdan. Otros que buscan despertar.

La semilla de la rebelión, plantada por el amor y regada por los susurros del pasado, germinaba con una fuerza imparable en el corazón de Elara. Ya no era solo una cuestión de sentir; era una cuestión de verdad y, quizás, de justicia. El despertar prohibido no era solo suyo, sino el eco de un mundo que clamaba por ser recordado.