La paranoia, lejos de paralizar a Elara, encendió en ella una fría determinación. Si el Sistema la estaba observando, ella lo observaría a él. Si la red le apretaba, usaría sus propias hebras para desenmarañarla. Su mente, antes una extensión impecable del control, se convirtió en la mayor amenaza interna del Régimen.
En los días siguientes, cada tarea rutinaria en la División de Análisis se transformó en una oportunidad para la investigación clandestina. Elara se movía con la precisión de un bisturí digital, sus dedos se deslizaban por los teclados holográficos y su mirada analizaba flujos de datos que antes solo procesaba sin cuestionar. Utilizó las credenciales de alto nivel que el Sistema le había otorgado como Cazatalentos de élite, sus «llaves maestras» para la Armonía, para acceder a los repositorios más profundos de información, aquellos a los que solo los más confiables tenían permitido el paso.
El primer indicio apareció en los archivos de re-armonización. Como Cazatalentos, ella era la ejecutora final de ese proceso, y conocía la eficiencia de los protocolos. Sin embargo, al revisar la documentación de ciertas «disonancias irrecuperables» –aquellas que, según el Sistema, debían ser purgadas por completo por su extrema inestabilidad emocional–, encontró una sutil discrepancia. Los informes finales de disipación de energía eran demasiado altos, inconsistentes con el consumo energético real de los módulos de re-armonización, incluso para los casos más complejos. Era como si el sistema estuviera ocultando un excedente de energía, o peor, malversando una cantidad significativa de recursos con un propósito no declarado.
Luego, se topó con los archivos históricos, aquellos que narraban la «Gran Re-armonización» y el nacimiento del Sistema. Kael le había contado leyendas, pero los registros oficiales eran tan prístinos, tan perfectamente pulcros, que casi brillaban con la verdad auto-evidente. Sin embargo, en el subnivel de los metadatos –esas etiquetas invisibles que acompañan a cada archivo digital–, Elara encontró anomalías. Fechas de creación de ciertos documentos que precedían la fecha oficial de establecimiento del propio Sistema, huellas de «limpiezas» masivas que no se correspondían con los datos de actividad. Era como si capas enteras de la historia hubieran sido borradas y reescritas, no solo una vez, sino varias. La coherencia era artificial, demasiado perfecta para ser orgánica.
El descubrimiento más escalofriante llegó cuando accedió a los registros de censura de las ondas de radio y comunicaciones externas. El Sistema aseguraba que las transmisiones de antes de la Armonía eran ruido caótico, disonancias de información. Elara encontró bloques enteros de datos clasificados como «irrecuperables» o «ruido blanco». Pero su entrenamiento en análisis de patrones, perfeccionado para detectar las más mínimas aberraciones en la conducta humana, le permitió vislumbrar patrones ocultos dentro de ese supuesto caos. Había secuencias que no eran aleatorias. Eran… códigos. Mensajes ocultos, encriptados bajo capas de disonancia artificial.
Con sus habilidades de decodificación, logró extraer fragmentos. Palabras sueltas, frases inconexas, nombres que no existían en los registros oficiales del Sistema. «La Resistencia». «El Último Jardín». «La Falla». La mayor de las inconsistencias, sin embargo, fue un patrón recurrente de coordenadas geográficas que el Sistema había declarado «zonas irrelevantes y estériles», sin valor para la recolección de recursos o la vigilancia. Pero esas coordenadas coincidían, de manera inquietante, con los lugares que Kael había descrito en sus historias, sitios donde, según las leyendas, la vida y la libertad aún florecían antes de ser borradas.
El silencio de la sala de análisis se sentía opresivo, cargado con el peso de la verdad que Elara estaba desenterrando. El Sistema no solo había suprimido las emociones; había reescrito la historia, manipulado la percepción de la realidad a una escala colosal. La armonía era una prisión construida con mentiras, y cada uno de sus ciudadanos, incluida ella misma, era un esclavo inconsciente.
La comprensión golpeó a Elara con la fuerza de un rayo. No eran solo anomalías de comportamiento lo que el Sistema detectaba en ella; era la verdad que ahora veía. Su despertar no era una disfunción, sino una conexión. Una conexión con Kael, con el pasado y con la posibilidad de un futuro diferente.
El peligro se había intensificado, pero también su resolución. Ya no estaba investigando por miedo, sino por una necesidad ardiente de comprender. Las pistas que había encontrado eran fragmentos de un rompecabezas más grande, uno que amenazaba con derrumbar los cimientos mismos de su mundo. Sabía que el Sistema no toleraría la existencia de tal conocimiento. La persecución estaba a punto de volverse letal.

