Las coordenadas decodificadas por Elara, esos puntos «irrelevantes y estériles» en los archivos del Sistema, resultaron ser su puerta de entrada a un mundo que jamás había imaginado. Kael fue el guía, un mediador silencioso que la llevó, no a través de túneles secretos, sino a través de la densa jungla urbana de los distritos más antiguos de Madrid, aquellos que el Sistema había abandonado a su suerte, considerándolos demasiado caóticos para la re-armonización total.

El lugar era un antiguo complejo de apartamentos, semienterrado bajo escombros y la maleza silvestre que se había apoderado de las grietas del hormigón. La entrada, oculta tras una falsa pared de ladrillos derrumbados, se abría a un descenso vertiginoso por escaleras carcomidas por el tiempo. El aire se volvió más denso, cargado con olores a metal oxidado, tierra húmeda y, sorprendentemente, vida.

Adentro, la oscuridad cedió a la luz titilante de lámparas de aceite reciclado y paneles solares improvisados. No era la limpieza aséptica del Sistema ni la esterilidad de sus refugios clandestinos. Era un espacio vivido, ruidoso, lleno de murmullos, el tintineo de herramientas y el aroma especiado de comida casera, algo que Elara solo había procesado como «raciones nutricionales».

—Bienvenidos al «Refugio de la Raíz» —dijo Kael, con su voz vibrando en un tono de orgullo y alivio que Elara nunca le había oído. Luego, en un tono más bajo, añadió—: Ellos son Los Emocionistas. O lo que queda de ellos.

La primera persona que los recibió fue Silas, un hombre de mediana edad con un rostro surcado por profundas arrugas que parecían mapas de mil batallas. Sus ojos, penetrantes y llenos de una sabiduría cansada, se posaron en Elara con una curiosidad intensa. Llevaba ropa remendada, pero su porte era el de un líder.

—Así que esta es la Cazatalentos de la que Kael nos habló —dijo Silas, con voz grave y sin rastro de hostilidad, solo una cautela bien fundada—. Es valiente, o muy ingenua, para venir aquí.

Elara sintió la necesidad de justificarse, de explicar las anomalías, las revelaciones. Pero Kael intercedió.

—Ella lo ha visto, Silas. Desde dentro. Ha despertado.

Silas asintió lentamente con sus ojos aún fijos en Elara. —Eso esperamos. La verdad es un veneno lento para aquellos que crecieron en el néctar de la Armonía.

Poco después, apareció Lyra, una joven de no más de veinte ciclos, con el cabello trenzado con hilos de colores vibrantes y ojos brillantes que no podían ocultar una mezcla de nerviosismo y fervor. Llevaba un brazalete hecho de piezas electrónicas recicladas que tintineaba suavemente con cada movimiento. Lyra era una «tejedora de información», una hacker innata que podía desentrañar los enmarañados códigos del Sistema casi tan bien como Elara, pero con una audacia que a Elara aún le era ajena.

—¡Cazatalentos! —exclamó Lyra, en una mezcla de fascinación y desconfianza en su voz. Se acercó a Elara con una energía contagiosa, examinando su uniforme con un aire de curiosidad casi académica—. Pensábamos que nunca veríamos una de cerca. Kael dice que eres buena. ¿Puedes romper cortafuegos de Nivel Siete?

Elara, acostumbrada a la distancia de las interacciones formales, se sintió abrumada por la franqueza de Lyra. Kael sonrió, colocando una mano en el hombro de Elara.

—Más que buena, Lyra. Ella encontró las coordenadas ocultas.

La noticia se corrió como un reguero de pólvora silencioso entre los demás miembros de la resistencia que se movían por el refugio. Eran rostros diversos, hombres y mujeres de todas las edades, algunos con la mirada endurecida por años de clandestinidad, otros con la chispa de la esperanza. Trabajaban en silencio, reparando equipos, cultivando pequeñas parcelas de alimentos hidropónicos o estudiando mapas complejos. No eran muchos, quizás una veintena, pero la energía que emanaba de ellos era palpable, una disonancia viva en el mundo de Elara.

Mientras Silas explicaba la estructura de su pequeña red, Elara sintió la cruda realidad de la resistencia. No era un ejército; era una familia. Cada uno tenía un rol vital, desde el «Sembrador» que conseguía información, hasta el «Jardinero» que mantenía sus escasas provisiones. La pasión que los unía era palpable, una emoción compartida que resonaba con el despertar de Elara.

Sin embargo, en un rincón más oscuro de la sala, Elara notó a una figura solitaria, un hombre corpulento llamado Garrus. Sus ojos, pequeños y penetrantes, la observaban desde la distancia, con una expresión ilegible. Garrus era el «Proveedor», el encargado de conseguir tecnología y recursos del exterior. Su reputación entre la resistencia era ambigua; era eficiente, pero su lealtad, según los susurros que Kael había oído, era tan fluida como la sombra que lo envolvía.

En un momento, mientras Elara examinaba un viejo mapa del Sistema de tuberías, Garrus se acercó y su voz dijo con un murmullo grave:

—Cazatalentos. Un pájaro extraño en este nido. —Hizo una pausa con su mirada fría. —El Sistema no olvida, niña. Y cuando deciden que algo es una amenaza, no se detienen hasta pulverizarlo. Espero que Kael sepa lo que hace al traerte aquí.

Elara sintió el escalofrío de la desconfianza, una sensación que el Sistema había eliminado en su programación con la certeza de que todo bajo su control era seguro. Pero ahora, con las emociones fluyendo libremente, la cautela de Garrus le pareció una señal de alarma. ¿Era una advertencia genuina? ¿O el preludio de una traición?

La red clandestina no era solo una promesa de libertad; era también una nueva capa de complejidad y peligro. Elara había descubierto un jardín, sí, pero también un campo de batalla donde la lealtad y la supervivencia se entrelazaban de formas que su lógica nunca había anticipado. La persecución no era solo externa; podría venir de dentro, de la misma oscuridad en la que se refugiaban.