La sutil red de vigilancia del Sistema se había tensado, transformándose de una advertencia latente en una amenaza inminente. Elara lo sintió en cada fibra de su ser, la misma agudeza que la había convertido en una Cazatalentos de élite ahora detectaba la respiración fría del peligro. Sus días de investigación clandestina y encuentros furtivos con Kael habían sembrado la semilla de su propia perdición. El Sistema no solo sospechaba; estaba a punto de actuar.
La mañana fatídica comenzó como cualquier otra en la División de Análisis, pero el aire era distinto, cargado de una quietud ominosa. Elara fue convocada a la sala de interrogación, una cámara aséptica de paredes blancas y luz cegadora, donde las disonancias irrecuperables eran purgadas. Su corazón, que Kael había enseñado a latir con pasión, ahora martilleaba un ritmo de pánico contenido.
Al entrar, no encontró a un Vigilante de bajo nivel, sino al mismísimo Supervisor Orion, el jefe de la División, un hombre cuya frialdad solo era comparable con la eficiencia de los algoritmos que dirigía. Su rostro, inexpresivo, no revelaba nada. A su lado, en una pantalla de energía translúcida, parpadeaba el perfil de datos de Elara: sus logros, su rendimiento perfecto, y una sección parpadeante bajo «Anomalías de Comportamiento Recientes».
—Cazatalentos 734, alias Elara —la voz de Orion era un gélido susurro que llenaba la sala—. Se ha detectado una fluctuación en su patrón de lealtad al Sistema. Inconsistencias mínimas, pero persistentes. Queremos darle la oportunidad de restablecer su armonía.
Elara se mantuvo inmutable, su rostro era una máscara de la eficiencia que tanto había practicado. —Mis parámetros están dentro de los rangos operativos, Supervisor.
—Lo sé —dijo Orion, con sus ojos de un azul helado clavándose en los suyos—. Y eso es lo que hace que la anomalía sea tan intrigante. Sus fluctuaciones no son errores. Son… deliberadas.
Con un gesto, Orion proyectó en la pantalla no solo el patrón de movimiento «errático» de Kael en el Subsector Siete, sino una secuencia de tiempo de Elara misma. Imágenes de sus propios desvíos sutiles, de sus micro-retrasos, incluso el análisis de su biometría durante las horas de sueño. Eran pruebas irrefutables para el Sistema, hilos de una red que ellos mismos habían tejido.
—Sin embargo —continuó Orion en una pausa calculada que hizo que el pulso de Elara se acelerara—, el Sistema valora la oportunidad de auto-corrección. Usted es un activo invaluable, Cazatalentos.
Entonces, la verdadera prueba llegó. Orion activó otra pantalla, mostrando un mapa holográfico del Sector Gamma, con un punto parpadeante en las profundidades de un distrito antiguo: las coordenadas exactas del Refugio de la Raíz. Y a su alrededor, puntos más pequeños que representaban la presencia de vida, de disonancias vivas: Los Emocionistas.
—Hemos detectado una concentración de actividad disonante en este punto, clasificado previamente como estéril. Un error en nuestros algoritmos, quizás. Necesitamos una purga inmediata y completa. —Los ojos de Orion se posaron en Elara con una intensidad escalofriante—. Y queremos que usted, Cazatalentos, lidere la operación. Hoy mismo.
La petición la golpeó como un rayo. No era solo una misión; era una prueba de fuego. El Sistema le estaba pidiendo que destruyera todo lo que había encontrado, a las personas que la habían acogido, al lugar que representaba su nueva libertad. Y lo peor de todo, Kael. Él estaría allí. La orden no era solo para purgar disonancias, sino para purgar su corazón.
Elara sintió un nudo en el estómago. El Plan A, su plan de infiltración, se había vuelto un arma de doble filo. Tenía que tomar una decisión. Podía aceptar la misión, actuar como la Cazatalentos perfecta, y quizás, solo quizás, encontrar una forma de advertir a Kael y a la Resistencia, pero con un riesgo inmenso y la certeza de que sería vista como una traidora para ellos. O podía negarse, exponerse completamente y sellar su propio destino, y el de Kael.
La sangre fría de su entrenamiento luchó contra el fuego de su despertar. Su mente calculó los riesgos, las probabilidades de éxito, las consecuencias de cada camino. La lógica del Sistema se enfrentó a la lógica de su corazón.
—Supervisor —dijo Elara con voz firme, aunque un temblor casi imperceptible recorrió su mano al activarse su propio terminal—. Necesitaré acceso a los patrones de vigilancia de ese sector para planificar la operación con máxima eficiencia. Detalles en tiempo real.
Orion la observó un instante con una expresión que Elara no pudo descifrar. La pantalla parpadeó, y se concedió el acceso. Era su última oportunidad de contactar a Kael. El Sistema le había tendido una trampa, pero también le había dado una rendija, una delgada posibilidad.
—Excelente, Cazatalentos —dijo Orion, mientras un atisbo de algo parecido a una sonrisa se formó en sus labios. No era una sonrisa de aprobación, sino de fría anticipación—. Sabía que su lealtad al Sistema prevalecería. Esperamos su informe de purga antes del amanecer.
Elara asintió, su rostro era una máscara de eficiencia renovada. Por dentro, sin embargo, el punto de no retorno había sido cruzado. Ya no era Cazatalentos 734. Era Elara. Y su próxima acción no sería en nombre de la Armonía, sino en nombre de la rebelión. La persecución estaba a punto de volverse una cacería, y ella, la antigua cazadora, estaba a punto de convertirse en la presa más peligrosa.

