Elara corría. No como Cazatalentos en una misión de captura, con un objetivo predefinido y rutas optimizadas. Corría con el instinto crudo de la supervivencia, cada paso era una rebelión contra la aniquilación. Los pasillos de servicio, antes invisibles para los «armonizados», se convertían en un laberinto de sombras y ecos. El zumbido constante de los ventiladores y los sistemas de purificación se transformaba en el aliento helado del Sistema pisándole los talones.

A cada momento, sentía los sensores monitoreando su rastro. Los Centinelas de Análisis de Conducta no solo registraban su posición; analizaban su velocidad, su patrón de respiración, la dilatación de sus pupilas. Era como huir de un fantasma que no solo te veía, sino que leía tu miedo.

Pero Kael la esperaba. Lo encontró en el punto de encuentro de emergencia, un conducto de ventilación tan estrecho que tuvieron que deslizarse de lado por sus entrañas metálicas. El encuentro fue un alivio mutuo palpable, una conexión sin palabras. La persecución del Sistema se había cobrado un precio, forjando su vínculo en el crisol de la adversidad.

—Están por todas partes —jadeó Kael, mientras se abrían paso por la oscuridad y el roce del metal contra sus ropas era el único sonido—. Más de lo que habíamos previsto. Garrus… él debió darles todo.

—Lo sé —respondió Elara, en voz baja y apremiante—. Me di cuenta. Los patrones de despliegue son… muy precisos.

La ventaja de Elara residía en su conocimiento íntimo del Sistema. Había diseñado rutas de mantenimiento, calibrado sensores de flujo, optimizado los circuitos de vigilancia. Ahora, usaba ese conocimiento contra su creador.

—Por aquí —dijo, desviándose bruscamente por un conducto que, según los planos oficiales, era un callejón sin salida—. Hay un derivador de presión que podemos sobrecargar para crear una falsa señal térmica. Ganaremos un minuto.

Kael la siguió sin dudar. Había visto la inteligencia de Elara en la teoría, en la forma en que desentrañaba los archivos. Ahora, la veía en acción, una mente brillante operando bajo una presión extrema. Elara identificó el panel de acceso, sus dedos volaron sobre los controles. Un zumbido, un destello rojo y el sonido de una explosión controlada resonó en la distancia.

—¡Corre! —Kael la empujó hacia adelante, sabiendo que el ruido atraería a los Vigilantes, pero también los despistaría por un instante.

La persecución se intensificó. Atravesaron secciones de tuberías estrechas donde el eco de sus propios jadeos era ensordecedor. Se deslizaron por pozos de ascensores abandonados usando cuerdas improvisadas que Kael siempre parecía tener a mano. Elara, que antes solo había usado su cuerpo con la precisión de una máquina, ahora lo explotaba con una agilidad sorprendente, saltando sobre escombros, esquivando luces de drones que barrían la oscuridad. Kael, con su conocimiento del Madrid oculto, era el explorador, encontrando los caminos. Elara, con su comprensión del Sistema, era el estratega, prediciendo los movimientos del fantasma.

Los Vigilantes eran implacables. Sus voces, amplificadas por los intercomunicadores, resonaban cada vez más cerca.

—Objetivos en el sector Beta-Gamma-12. Movimiento rápido. Parece que la Cazatalentos 734 está asistiendo al objetivo civil. Repito, asistiendo.

La palabra «asistiendo» se clavó en Elara. Era una traición personal, una desviación fundamental de su programación. Pero no le importaba. Kael extendió una mano, ayudándola a trepar por una pared vertical con sus dedos entrelazándose en un agarre firme. Ese contacto era su fuerza, la validación de su elección.

Se encontraron en un vasto túnel de servicio, uno de los principales conductos de aire. Los drones se acercaban rápidamente con sus luces cegadoras.

—¡Por los rieles de mantenimiento! —gritó Kael, señalando unas vigas metálicas que cruzaban el túnel en lo alto.

Era un salto arriesgado. Elara no lo dudó. Saltó, sus dedos se aferraron al frío metal. Kael, ágil como un felino, le siguió gracias a sus habilidades de parkour urbano (disciplina física cuya finalidad es desplazarse de un punto a otro superando todo tipo de dificultades y obstáculos) perfeccionadas en años de clandestinidad. Se arrastraron por las vigas, mientras los drones pasaban zumbando por debajo con sus sensores escaneando el espacio vacío que acababan de ocupar.

La confianza mutua se forjó en cada salto, cada susurro urgente, cada mirada que comunicaba una estrategia sin palabras. Elara dependía de la audacia y el conocimiento de Kael del mundo subterráneo. Kael dependía de la mente analítica de Elara y su capacidad para desentrañar la lógica del enemigo desde dentro. Sus habilidades se complementaban, creando una sinergia letal contra un adversario omnipresente pero predecible.

Finalmente, encontraron refugio en una pequeña cavidad, oculta tras una serie de tuberías rotas. Elara cubrió la entrada con una lona vieja, mientras Kael activaba un inhibidor de señal rudimentario que apenas lograba distorsionar sus firmas biométricas.

En la oscuridad, respiraron hondo, sus cuerpos estaban agotados y sus corazones latían con fuerza. Los sonidos de la persecución se desvanecieron a lo lejos. Elara miró a Kael y vislumbró el sudor brillando en su frente.

—Lo hicimos —susurró, una verdad simple, pero poderosa.

Kael asintió, su mano buscando la de ella. —Juntos.

El Sistema había intentado re-armonizarlos, eliminarlos, pero la persecución solo había fortalecido la disonancia entre ellos. Huir del fantasma no solo los había mantenido con vida; les había enseñado que la verdadera supervivencia no radicaba en la obediencia, sino en la conexión, la confianza y la indomable voluntad de ser libres.