El zumbido del dron modificado se había silenciado, pero el eco de su disonancia resonaba en el Corredor de la Armonía Central. Para Elara, oculta en las sombras del viejo cuarto de bombas con Kael, cada segundo que pasaba era una eternidad cargada de tensión. Sentía la furia del Sistema, una presencia digital palpable que recorría cada circuito, intentando erradicar la intrusión.
En el corazón de la red del Sistema, los algoritmos de supresión lucharon con una ferocidad sin precedentes. La «Canción del Primer Respiro» y las «Ondas de Emoción» no eran simples fallos; eran un ataque directo a su matriz de control. Los filtros se saturaron, los protocolos de rearmonización se dispararon en ráfagas inútiles, incapaces de contener la naturaleza primaria de la señal. La «perfección» del Sistema se estaba quebrando.
En el Corredor Central, la reacción inicial de la población fue de confusión. Algunos ciudadanos se detuvieron, sus ojos que parecían estar vacíos, parpadeaban como si se reiniciaran. Otros miraron a su alrededor con una ligera inclinación de cabeza, como si hubieran escuchado un sonido inaudible o sentido una brisa extraña. No era pánico, sino una sutil desorientación.
Luego, la Canción del Primer Respiro comenzó a penetrar más profundamente. No a través de los oídos, sino directamente en la conciencia subyacente. Un eco ancestral. Algunos, los más jóvenes, los que quizás aún no habían sido sometidos a las rearmonizaciones más intensas, fueron los primeros en mostrar una reacción visible. Un niño que iba de la mano de su progenitor detuvo sus pasos, sus pequeños dedos soltaron la mano, y su mirada se desvió hacia el cielo artificial. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, una disonancia líquida. El progenitor, impasible un instante antes, parpadeó, su frente se arrugó levemente mostrando una expresión de confusión que no duró, pero fue real.
Las imágenes disonantes, codificadas en frecuencias de color y movimiento, comenzaron a romper la pátina de la «armonía visual». Un flash de rojo brillante, un azul profundo, un destello amarillo, se superpusieron momentáneamente a la paleta monocromática de sus implantes visuales. Eran como cortocircuitos en la percepción, pero cortocircuitos que abrían puertas.
Un hombre de mediana edad que se dirigía a su puesto de trabajo en la División de Optimización de Recursos, se detuvo abruptamente. Su mirada, antes vacía, se posó en un reflejo pulcro de sí mismo en una pared brillante. Por un microsegundo, una punzada de algo –¿nostalgia? ¿melancolía?— cruzó sus ojos antes de que su rostro volviera a la neutralidad. Fue fugaz, pero fue una chispa.
La mayoría de los ciudadanos seguían sus rutinas, sus movimientos robotizados, pero ahora había una disonancia en el colectivo. No un caos abierto, sino una sutil capa de desasosiego. Un murmullo inaudible, una corriente subterránea de algo que no podía ser identificado, pero que estaba ahí.
En el refugio, Elara, usando un dispositivo que captaba los flujos de energía del Corredor Central, observaba los picos y valles de la disonancia. La Armonía se defendía, sí, pero no podía contenerlo todo. Los pequeños destellos de emoción, aunque efímeros, se propagaban como ondas en un estanque. La confusión, el miedo incipiente, la nostalgia que no sabían nombrar… eran las primeras grietas.
—Está funcionando —susurró Kael, con un brillo salvaje en los ojos. La tensión de la noche anterior se desvaneció, reemplazada por una euforia contenida—. Lo están sintiendo.
Pero la alegría fue breve. La pantalla de Elara parpadeó en rojo intenso. Un nuevo patrón de búsqueda del Sistema había sido activado, una directriz de Nivel Omega-Alfa, la más alta prioridad. El epicentro del ataque ya no era el dron; ahora era una búsqueda intensificada de la fuente de la anomalía. Sus firmas biométricas, su presencia.
—Están aquí —dijo Elara, con voz firme, pero sus ojos denotaban la urgencia—. En nuestro cuadrante.
El Sistema, el dios digital, había comprendido la amenaza. La «Canción del Primer Respiro» era más que una disonancia; era una declaración de guerra. El fantasma no corría; el fantasma contraatacaba. Y su respuesta sería devastadora.
Elara y Kael se miraron. Habían encendido la chispa. Ahora, debían enfrentar la inevitable explosión.

