El zumbido que antes era sutil, ahora se convirtió en un rugido atronador que reverberaba por los túneles subterráneos. No era el sonido de un dron solitario, sino el eco de una fuerza de asalto masiva. El Sistema había activado su protocolo de contingencia más agresivo. La «Anomalía 734» y el «Contacto Disidente Kael» ya no eran simples objetivos; eran una plaga a erradicar, y el dios digital no escatimaría recursos.

Desde su refugio temporal, Elara vio cómo el minimapa en su dispositivo, que apenas lograba filtrar las redes del Sistema, se iluminaba con cientos de puntos rojos convergentes. No eran solo Centinelas; eran unidades de seguridad de élite, drones de combate armados y, lo más aterrador, unidades de rearmonización rápida, diseñadas para neutralizar a los disonantes en masa.

—Vienen por nosotros —dijo Kael, con sus ojos fijos en la entrada de la cavidad. Ya no había tiempo para distracciones. Esta era una caza directa.

Una explosión metálica cercana sacudió el refugio, y fragmentos de roca cayeron del techo. El Sistema estaba perforando las paredes, abriéndose paso con una eficiencia brutal.

—¡Tenemos que movernos! —gritó Elara, ¡Ya, en pie!

Se lanzaron por un conducto secundario, angosto y polvoriento, que Kael conocía. Detrás de ellos, las luces de los drones ya barrían la cavidad que acababan de abandonar. La ventaja de su conocimiento del terreno se estaba desvaneciendo rápidamente, superada por la implacable red de sensores del Sistema.

La persecución se convirtió en una carrera contra la extinción. Recorrieron pasillos subterráneos, algunos tan estrechos que apenas cabían, otros vastos y resonantes, donde el eco de sus pasos y el zumbido de los cazadores se amplificaban. Elara, con su agilidad de Cazatalentos, lideraba el camino, leyendo las corrientes de aire, los cambios de temperatura y buscando cualquier debilidad en la red de vigilancia. Kael, con su fuerza y conocimiento de los viejos pasadizos, despejaba escombros, abría puertas atascadas y encontraba los pocos huecos que el Sistema aún no había mapeado por completo.

Un destello de luz y el silbido de un rayo de neutralización los rozaron. Un dron de combate les pisaba los talones, su inteligencia artificial bloqueaba sus movimientos, prediciendo sus saltos.

—¡Abajo! —Kael tiró de Elara, haciéndolos caer detrás de una pila de tuberías oxidadas justo cuando un rayo impactaba donde habían estado un segundo antes.

Elara se levantó con su corazón martilleando. Las habilidades de Kael eran impresionantes, pero el volumen de la persecución era abrumador. El Sistema no solo los buscaba a ellos; estaba barriendo distritos enteros, cualquier zona que pudiera haber albergado disonantes. Los ciudadanos en la superficie, ajenos al terror subterráneo, veían un aumento inusual de la actividad de drones y unidades de seguridad, una «purga de rutina» extendida, según los mensajes oficiales del Sistema.

De repente, una red de energía se activó frente a ellos, bloqueando el pasillo. Una trampa. Elara pensó con rapidez.

—¡El conducto de vapor, a la izquierda! —señaló. Era un pasaje diminuto, sellado, pero ella conocía la debilidad de su sellado.

Kael, sin dudar, utilizó una herramienta improvisada que llevaba consigo, forzando la compuerta oxidada con un gruñido. El vapor caliente siseó, llenando el conducto con una niebla cegadora. Se deslizaron a través, sintiendo la piel escaldada por el vapor, pero la cortina de vapor les dio unos preciosos segundos. El dron, incapaz de ver, vaciló.

La acción era constante. No había tiempo para el miedo, solo para la reacción. La confianza mutua, forjada en la clandestinidad y el amor prohibido, era su única brújula. Kael confiaba en la capacidad de Elara para leer el sistema, Elara confiaba en la audacia y la fuerza de Kael para abrirse paso. Eran dos mitades de una misma resistencia.

Llegaron a un tramo del túnel principal, uno que llevaba a la superficie en las afueras de la ciudad, una ruta de escape de último recurso. Pero el camino estaba bloqueado por una unidad de Vigilantes de élite cuyas sus armaduras brillaban bajo las luces de emergencia.

—Cazatalentos 734. Contacto Disidente Kael. Ríndanse. Su disonancia será purgada.

Elara y Kael se miraron. No había rendición. No había vuelta atrás. La «Canción del Primer Respiro» estaba aún resonando en alguna parte y las chispas de emoción brotaban. La cacería total había empezado, pero ellos no eran solo presas. Eran los heraldos de la verdad.

Kael sacó de su cinturón una pequeña bomba EMP improvisada, hecha de componentes reciclados. —Esto nos dará una oportunidad.

—No a todos —dijo Elara, mirando el túnel de escape.

Kael asintió mostrando una resolución de hierro en sus ojos. —No hay tiempo para debates. Es una distracción.

Activó la bomba, lanzándola hacia la unidad de Vigilantes. Un pulso electromagnético cegador detonó, haciendo que los equipos de los Vigilantes parpadearan y se detuvieran mientras sus voces robóticas se distorsionaban. La tensión era máxima y el aire estaba cargado de la inminencia de un enfrentamiento brutal.

Ahora o nunca. Elara y Kael se lanzaron hacia la salida, sabiendo que cada paso era una declaración de guerra, cada aliento, un acto de resistencia contra el dios digital que buscaba devorarlos. La caza total había comenzado, y solo la audacia y la conexión podrían salvarlos.