La bomba EMP de Kael había concedido unos segundos preciosos, pero la breve ceguera de los Vigilantes no era suficiente para eludir la determinación del Sistema. Elara y Kael se lanzaron por el túnel de escape; mientras tanto los Vigilantes empezaron a recuperarse  y activaron sus modos de visión térmica, resonando a sus espaldas. No había forma de alcanzar la superficie a tiempo. Estaban acorralados.

En la desesperación, Kael tiró de Elara hacia un pequeño nicho lateral, oculto por una malla de cables y tuberías rotas. Era apenas un hueco, suficiente para que sus cuerpos se apretujaran, buscando un resquicio de invisibilidad. Las luces de los Vigilantes pasaron de largo, pero el rastro térmico que dejaban los detectores del Sistema era implacable. No estarían ocultos por mucho tiempo.

El espacio era claustrofóbico y el aire pesado con olor a metal y polvo. El ruido de la persecución seguía vibrando a su alrededor, acercándose y alejándose, una danza macabra. Era una trampa. Sabían que lo era.

En ese rincón oscuro, con la inminencia de la captura cerniéndose sobre ellos, algo extraordinario ocurrió. No hubo necesidad de palabras, ni de planificación, ni de una estrategia de escape. Solo la profunda y abrumadora certeza de su conexión.

Kael giró ligeramente, atrayendo a Elara aún más cerca. Su cuerpo, tenso por la huida, se relajó contra el de él. El frío metal de la pared a sus espaldas se desvaneció, reemplazado por la calidez de la piel de Kael. Sus ojos se encontraron en la penumbra, y en ellos, Elara vio un reflejo de su propio miedo, sí, pero también una promesa.

Fue un beso desesperado, pero profundamente tierno. Un beso que no buscaba el placer en sí mismo, sino la confirmación. Sus labios se unieron como una comunión silenciosa en medio del caos. Sus manos se encontraron, entrelazándose con una fuerza que desmentía la fragilidad de su situación. No había más mundo exterior, solo la burbuja de su intimidad, un santuario forjado en la adversidad.

En ese momento, el erotismo no era un arma contra el Sistema, como lo había sido antes. Era el arma más potente de la humanidad contra la aniquilación de su esencia. No era rebeldía por la rebeldía, sino una afirmación de la vida, de la emoción, del amor, en su forma más pura.

Elara sintió las manos de Kael deslizarse por su espalda, atrayéndola aún más. El miedo seguía ahí, la amenaza era inminente, pero se mezclaba con una oleada de profunda gratitud y una determinación feroz. Sentía cada centímetro de su piel, el roce de su ropa, el calor de su aliento. Era una saturación de los sentidos, una sobrecarga de lo que significaba estar viva y conectada.

Kael la miró a los ojos con una mezcla de dolor y una inmensa ternura en su rostro. —Pase lo que pase —susurró—, siempre te encontraré. Siempre.

Elara no pudo responder con palabras. Su garganta se había cerrado. Pero sus ojos, ahora desprovistos de su antigua frialdad de Cazatalentos, brillaban con lágrimas no derramadas. Se aferró a él, sintiendo el latido de su corazón contra su pecho, un ritmo de vida que se negaba a ser silenciado.

En ese pequeño nicho, la lógica del Sistema no existía. Los algoritmos no podían procesar el acto de dos seres humanos encontrando consuelo y fuerza en el amor frente a la aniquilación. La «Canción del Primer Respiro» había sido un detonante para los demás, pero su amor, su intimidad, era la prueba viviente de que el Sistema había fallado en su propósito más profundo.

El zumbido de los Vigilantes se intensificó, deteniéndose justo fuera de su escondite. Las luces de los escáneres térmicos penetraron las rendijas. Habían sido encontrados. El tiempo se había agotado.

Pero en ese último, precioso instante, Elara supo que el Sistema podía quitarles la vida, pero no podía arrebatarles lo que habían encontrado. El amor era su santuario interior, un arma inmaterial que ninguna purga, ninguna re-armonización, ningún dios digital podría destruir. La verdadera batalla no sería física, sino del alma. Y ellos, en su fugaz pero eterna conexión, ya la habían ganado.